“Queremos ver a Jesús”[1]
Jeremías 31,31-34; Sal 50,3-4.12-15;
Hebreos 5,7-9; Juan 12,20-33
Introducción:
¿Para qué estamos en la tierra? ¿Cuál es nuestra razón de
ser? ¿Dónde está nuestra felicidad? Son preguntas que, de algún modo, todos nos
hacemos. La cuestión es poder encontrar las respuestas verdaderas, que orienten
nuestro diario caminar.
- Dios es nuestra felicidad:
Dios, quien nos creó por amor, pues ninguna necesidad tenía
de nosotros; quien perdonó nuestros pecados por su misericordia; quien nos regaló
el don de su Vida al adoptarnos como hijos suyos; quien nos promete su compañía
por toda la eternidad en el Cielo… Él es nuestra mayor felicidad.
De hecho, la experiencia nos muestra que el abandono de las
cosas de Dios termina arruinando al hombre. Pensemos en la felicidad efímera de
la droga o de una vida desordenada, en la omnipotencia del dinero o el poder… Todo
se acaba.
Por otro lado y mejor aún, pensemos en cuantos seres humanos
vivieron felices por encontrarse con Dios: tenemos a un San Agustín, errante
por muchos caminos en busca de la verdad hasta que se encontró con la fe
verdadera en la que vivió hasta su muerte. Pensemos en San Ignacio, que dejó su
vida de armas por servir al Reino de los Cielos; en Santa Inés, que siendo una
niña, por Cristo fue capaz de soportar el sufrimiento hasta la muerte… Dios,
hace verdaderamente humana la vida del hombre.
- Dios se ha manifestado en Cristo:
Todo esto, Dios lo ha revelado de un modo especial con su
Hijo encarnado, Jesucristo. En Él, Dios nos ha mostrado cuánto nos ama, cuánto
le interesamos… Por eso se nos hizo cercano, por eso compartió nuestras
dificultades y por eso, para que supiéramos que no nos amó “en broma”, murió con la peor de las
muertes. Él es la “nueva Alianza”
(Jer 31,31) que el amor de Dios hizo con nosotros, después de que los hombres
rompieran las anteriores alianzas por su infidelidad.
Nosotros, hoy, en medio de todas nuestras circunstancias, problemas,
limitaciones y alegrías, también podemos decir con los hombres del Evangelio: “queremos
ver a Jesús” (Jn 12,21). En Él está todo lo que necesitamos saber sobre
Dios, pero también sobre nosotros mismos, ya que nos dio ejemplo con su vida de
obediencia (Cf. Hb 5,9); de Él podemos recibir la fortaleza y la luz necesarias
para el camino, el consuelo en las pruebas, el perdón de nuestros pecados y de
sus misericordiosas manos recibiremos el premio, al final de nuestra vida. Dios hace verdaderamente humana la vida del
hombre, siendo de este modo su
felicidad. Jesús, les respondió a aquellos griegos, y hoy, a nosotros: “El que
quiera servirme, será honrado por mi Padre” (Jn 12,26b). Dejando claro que
nuestra vida tendrá fruto, en la medida en que nos unamos a Él y le imitemos.
- La oración es nuestro encuentro con Dios en Cristo:
La cuestión fundamental es cómo nos encontramos
verdaderamente con Cristo. Esta pregunta, muy rica y profunda, tiene una amplia
respuesta que no es intención agotar ahora, sino más bien reflexionar
brevemente sobre uno de los aspectos importantes: la oración.
“La invocación del santo Nombre de Jesús, nos dice el
Catecismo, es el camino más sencillo de
la oración continua. Repetida con frecuencia por un corazón humildemente
atento, no se dispersa en "palabrerías" (Mt 6, 7), sino que
"conserva la Palabra y fructifica con perseverancia" (cf Lc 8, 15).
Es posible "en todo tiempo" porque no es una ocupación al lado de
otra, sino la única ocupación, la de
amar a Dios, que anima y transfigura toda acción en Cristo Jesús” (CATIC
2668).
En la oración, en todas sus legítimas formas, nos podemos
encontrar en la intimidad, con nuestro Señor y Salvador, para que así, no sólo
algunos momentos del día, sino toda nuestra vida, pueda estar orientada a Dios en
Cristo.
En esta íntima oración los santos crecían en el conocimiento
y amor de Jesús, como San Buenaventura que, contemplando el misterio de Cristo,
grano de trigo que muere y da fruto (Cf. Jn 12,24), exclamaba: “Y tú, hombre
redimido, considera quién, cuál y cuán grande es éste que está pendiente de la
cruz por ti. Su muerte resucita a los muertos, su tránsito lo lloran los cielos
y la tierra, y las mismas piedras, como movidas de compasión natural, se
quebrantan. ¡Oh corazón humano, más duro eres que ellas, si con el recuerdo de
tal víctima ni el temor te espanta, ni la compasión te mueve, ni la compunción
te aflige, ni la piedad te ablanda!” (www.corazones.org).
Conclusión:
Por esto, le suplicamos a nuestra Madre, maestra de oración
y la que más cerca estuvo de Cristo, nos enseñe y ayude a crecer, en nuestro
trato con Él, para que nuestro cristianismo no sea un nombre sino una vida que
se desarrolla, día a día en el amor.