Jueves Santo
Éxodo
12,1-8.11-14; Sal 115, 12-13. 15-16bc. 17-18; 1 Corintios 11: 23-26; Juan 13,
1-15
Introducción:
“Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó
hasta el extremo” (Jn 13,1). Después de esta frase, el Apóstol San Juan narra
el lavatorio de los pies, gesto que significa la generosa y humilde entrega de
Jesús. Pero la Liturgia, en la plegaria IV, utiliza esa frase continuándola con
la institución de la Eucaristía: “Porque él mismo, llegada la hora en que había
de ser glorificado por ti, Padre Santo, habiendo amado a los suyos que estaban
en el mundo, los amó hasta el extremo. Y, mientras cenaba con sus discípulos,
tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio”. La Eucaristía es la muestra perpetua de su infinito amor hacia nosotros.
Y es un misterio inmenso.
Sin embargo, debemos considerar sólo algunos elementos: “celebrando
el memorial de su sacrificio…, ofrecemos al Padre lo que Él mismo nos
ha dado: los dones de su Creación, el pan y el vino, convertidos por el poder
del Espíritu Santo y las palabras de Cristo, en el Cuerpo y la Sangre del mismo
Cristo: Así Cristo se hace real y misteriosamente presente” (CATIC 1357).
1.
La
Eucaristía como acción de gracias:
“La Eucaristía, nos enseña el Catecismo, es un sacrificio de
acción de gracias al Padre, una bendición por la cual la Iglesia expresa su
reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que ha realizado
mediante la creación, la redención y la santificación” (CATIC 1360). Y “es
también el sacrificio de alabanza por medio del cual la Iglesia canta la gloria
de Dios en nombre de toda la creación” (CATIC 1361).
Así, los cristianos nos asociamos a Jesús, para adorar a
Dios, reconociendo tanto en su ser como en sus obras que Él es nuestro Señor.
Así, con la Eucaristía, nuestra vida toma su verdadera direccionalidad, ya que
hemos sido creados para Dios y nuestro corazón sólo descansará en Él (Cf. San
Agustín). Con la Eucaristía nos hacemos conscientes de que nuestra grandeza
está en reconocer que somos de Dios.
2.
La
Eucaristía como memorial del sacrifico de Cristo:
A su vez, este Sacramento, este Santísimo Sacramento es
memorial del sacrificio de Jesús. Por esto, cuando San Pablo nos transmite la
institución de la Eucaristía, nos dice: “Este cáliz es la nueva alianza sellada
con mi sangre” (1Cor 11,25).
“La Eucaristía es memorial del sacrificio de Cristo, en el
sentido de que hace presente y actual el
sacrificio que Cristo ha ofrecido al Padre, una vez por todas, sobre la Cruz en
favor de la humanidad. El carácter sacrificial de la Eucaristía se
manifiesta en las mismas palabras de la institución: «Esto es mi Cuerpo que se
entrega por vosotros» y «Este cáliz es la nueva alianza en mi Sangre que se
derrama por vosotros» (Lc 22, 19-20). El sacrificio de la Cruz y el sacrificio
de la Eucaristía son un único sacrificio. Son idénticas la víctima y el
oferente, y sólo es distinto el modo de ofrecerse: de manera cruenta en la
cruz, incruenta en la Eucaristía.” (CATIC Compendio 280).
“En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo se hace también
sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su
sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo. En cuanto
sacrificio, la Eucaristía se ofrece también por todos los fieles, vivos y
difuntos, en reparación de los pecados de todos los hombres y para obtener de
Dios beneficios espirituales y temporales. También la Iglesia del cielo está
unida a la ofrenda de Cristo” (CATIC Compendio 281). Así, toda nuestra vida, en
el Sacramento del altar, se convierte en una ofrenda a Dios.
3.
La
Eucaristía, presencia del Señor:
Finalmente, en este Sacramento, “se contiene todo el bien
espiritual de la Iglesia” (PO 5b), porque se encuentra Cristo mismo, vivo y
presente. Por esto, escuchamos al Señor Jesús en la carta de San Pablo: “Esto
es mi cuerpo” (1Cor 11,24).
“Jesucristo está presente en la Eucaristía de modo único e
incomparable. Está presente, en efecto, de modo verdadero, real y sustancial:
con su Cuerpo y con su Sangre, con su Alma y su Divinidad. Cristo, todo entero,
Dios y hombre, está presente en ella de manera sacramental, es decir, bajo las
especies eucarísticas del pan y del vino.” (CATIC Compendio 282). Cada sagrario
es para nosotros un lugar en que encontramos a Dios especialmente cercano a
nuestras vidas y la comunión es el momento de intimidad con Jesús, que camina a
nuestro lado y nos conduce al Padre.
Tal poderosa es esta presencia que tiene la capacidad de
transformar nuestras vidas, como le sucedió a André Frossard, que de judío
ateo, se convirtió al cristianismo, cuando un día tuvo que buscar a un amigo en
una iglesia y se encontró con el Santísimo expuesto: él afirma: “Entré
escéptico y ateo y todavía más que ateo, indiferente y salí, a los pocos
minutos, católico, apostólico y romano” (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica,
Confirmación 3, Artes Gráficas Unión, Mendoza, 2009, página 16).
Conclusión:
Por esto, le pedimos a Nuestra Madre la gracia de
encontrarnos con el Señor. La gracia de poder descubrir a Jesús, con todo su
poder pascual, como lo hicieron los discípulos de Emaús y, que nuestra vida, sea
testigo de ello.