Homilía por la Sagrada Familia de Nazaret Ciclo B



Sagrada Familia

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14; Sal 127, 1-2. 3. 4-5; Colosenses 3,12-21; Lucas 2, 22-40

Introducción:
Los mandamientos, como provenientes de Dios, que es Amor, nos muestran el orden del amor. Por esto están en primer lugar los que se refieren a Él y luego los referidos al prójimo. Pero dentro de este segundo grupo, el primer puesto lo ocupa la familia.

1.       Para la familia, un mandamiento:
En efecto, “el cuarto mandamiento ordena honrar y respetar a nuestros padres”. También se relaciona con “todos aquellos a quienes Dios ha investido de autoridad para nuestro bien” (CATIC Compendio 455).
Pero, además de lo que prescribe de los hijos, también este mandamiento se abre a toda la vida familiar, ya que la familia es el lugar privilegiado para el crecimiento y maduración de toda la personalidad.

2.      Importancia de la familia:
“En el plan de Dios, un hombre y una mujer, unidos en matrimonio, forman, por sí mismos y con sus hijos, una familia. Dios ha instituido la familia y le ha dotado de su constitución fundamental. El matrimonio y la familia están ordenados al bien de los esposos, a la procreación y educación de los hijos… En Cristo la familia se convierte en Iglesia doméstica, porque es una comunidad de fe, de esperanza y de amor” (CATIC Compendio 456).
La familia es la célula original de la sociedad humana y precede a cualquier reconocimiento por parte de la autoridad pública. Los principios y valores familiares constituyen el fundamento de la vida social. La vida de familia es una iniciación a la vida de la sociedad” (CATIC Compendio 457).
La sociedad tiene el deber de sostener y consolidar el matrimonio y la familia, siempre en el respeto del principio de subsidiaridad. Los poderes públicos deben respetar, proteger y favorecer la verdadera naturaleza del matrimonio y de la familia, la moral pública, los derechos de los padres, y el bienestar doméstico” (CATIC Compendio 458).

3.      Escuela de virtudes:
Las tres lecturas de la misa de hoy nos muestran que la familia es un lugar de obras buenas (Cf. Eclo 3,2-6.12-14), de virtudes (Cf. Col 3,12), de crecimiento para todos (Cf. Lc 2,40), para hijos y para padres.
“Los hijos deben a sus padres respeto (piedad filial), reconocimiento, docilidad y obediencia, contribuyendo así, junto a las buenas relaciones entre hermanos, al crecimiento de la armonía y de la santidad de toda la vida familiar. En caso de que los padres se encuentren en situación de pobreza, de enfermedad, de soledad o de ancianidad, los hijos adultos deben prestarles ayuda moral y material” (CATIC Compendio 459).
Por su parte, “los padres, partícipes de la paternidad divina, son los primeros responsables de la educación de sus hijos y los primeros anunciadores de la fe. Tienen el deber de amar y de respetar a sus hijos como personas y como hijos de Dios y proveer, en cuanto sea posible, a sus necesidades materiales y espirituales, eligiendo para ellos una escuela adecuada, ayudándoles con prudentes consejos en la elección de la profesión y del estado de vida. En especial, tienen la misión de educarlos en la fe cristiana” (CATIC Compendio 460). Esto último lo realizan “principalmente con el ejemplo, la oración, la catequesis familiar y la participación en la vida de la Iglesia” (CATIC Compendio 461).

Conclusión:
Pidamos por nuestra familias, por nosotros para que, dando y recibiendo, en la medida de las actuales posibilidades, podamos crecer en el amor que es “el vínculo de la perfección” (Col 3,14).

Homilía de Navidad Ciclo B



El encuentro con nuestro Salvador


Introducción:
Gran alegría, gran emoción, gran entusiasmo nos embarga porque los pueblos pueden ver la justicia de Dios, porque todos pueden observar la salvación (Cf. Is 62,2). Para esto Dios se ha hecho visible, se ha hecho Emmanuel, es decir, Dios con nosotros (Cf. 1,23).
Esto es lo que los cristianos celebramos en Navidad: la cercanía salvadora de Dios, de ese Dios que tan cerca quiso estar de nosotros que se hizo como nosotros, para que seamos semejantes a Él.

  1. Jesús, Salvador:
Por esto, el Arcángel San Gabriel mandó a San José poner un nombre determinado al Niño Dios, pues no podían ponerle cualquier nombre, ya que este significa la Persona y su misión. Por esto, mandó ponerle “Jesús”, que “quiere decir en hebreo: "Dios salva"” (CATIC 430).
Dios, al sacar a Israel con brazo poderoso de Egipto (Cf. Hch 13,17), mostró su deseo salvador que, no obstante, era más profundo: Dios quería salvar al hombre de sus pecados y de la eterna condenación (Cf. CATIC 431). Se encarnó el Hijo de Dios, para cargar con nuestras dolencias, con nuestras miserias y restaurar nuestra naturaleza dañada por el pecado. Porque si por un hombre desobediente nos vino la muerte, por un hombre obediente nos viene la vida eterna, es decir, la salvación.
Y como el pecado es una ofensa a Dios, sólo Dios podía perdonarlo. Por esto, Dios se hizo semejante al hombre pecador para que a la vez, sea Dios y sea hombre el que pudiera salvarnos.

  1. Una llegada muy importante:
La llegada del Niño Dios, el nacimiento de Jesús tiene una grandeza especial. Porque si bien nos alegramos ante cualquier nacimiento, si bien cada niño que llega a este mundo es un bien enorme y un don amoroso de Dios, la llegada del Salvador nos conmueve mucho más, nos sorprende, nos encanta, nos fascina, nos deja con la boca abierta…
Porque este nacimiento es, para nosotros, un encuentro muy especial: Dios se hizo cercano, para que nos encontremos con Él. Así, cada Navidad, es una ocasión única para ver a este Dios cerca de nosotros, cerca de nuestra vida, cerca de nuestras cosas… queriendo compartirlas con nosotros, bendecirlas y ayudarnos a vivirlas bien. Este Niño no trae un pan bajo el brazo, sino todo un plan de amor para nosotros, una intención de salvarnos, una voluntad de redimirnos, un propósito de transformar nuestras vidas, transformarlas según su amor. Él quiere darnos la posibilidad de vivir la alegría del verdadero amor, de ese amor que lo llevó a hacerse como nosotros y a entregarse por nosotros.
Él quiere encontrarse hoy con nosotros y, por esto, nosotros nos queremos encontrar hoy con Él. De nuestro cristiano corazón brota el sencillo suspiro de “Jesús”, es decir, Dios salvador, ven… ven a mí.

  1. Nuestra respuesta navideña:
Así, esta festividad de la Navidad es una nueva ocasión de renovar nuestra respuesta. Es el momento de renovar nuestro compromiso de seguimiento fiel del Señor: y si todavía estamos un poco dispersos, recogernos un momento para que no se nos escapen estos regalos de Dios; y si no estamos suficientemente purificados, comprometernos en acercarnos al Sacramento del Perdón, donde el amor de este Niño Dios nos está esperando; y si estamos preparando muchas cosas, no olvidar lo más importante: nuestro encuentro con Dios; y si sabemos que tanto bien hemos recibido del Señor, no podemos dejar pasar el compartir estos bienes con los demás (Cf. SAN PÍO X, Catecismo Mayor, Fiestas del Señor n° 13).

Conclusión:
Así la Navidad no será una fecha más, así la Navidad será motivo de gran alegría y gozo para nosotros y los que nos rodean, así cada Navidad será distinta. Por esto pensamos en aquellos que se encontraron con Jesús, por ejemplo santa Isabel, prima de la Virgen, quien lo llamó “mi Señor”, cuando recién estaba concebido; pensamos en los pastores que, obedientes al Ángel, fueron a buscar al recién nacido; pensamos en los magos orientales que hicieron miles de kilómetros para encontrarse con el Dios único y verdadero. Así nosotros, junto con María santísima, queremos encontrarnos con nuestro Salvador.

Homilía del Domingo IV de Adviento Ciclo B



Ya llega el Señor

2 Samuel 7,1-5. 8b-12. 14a.16; Sal 88, 2-3. 4-5. 27 y 29; Romanos 16,25-27; Lucas 1,26-38

Introducción:
La espera está alcanzando su fin. Hemos llegado al último domingo de Adviento. Y la Iglesia, nos propone, unos días antes de celebrar el nacimiento de nuestro Redentor, el relato de la Anunciación y Encarnación del Verbo. Como es lógico, antes de contemplar al Niño de Belén, la liturgia nos traslada a la casa de Nazaret, donde ese Niño divino fue concebido.

  1.  Jesucristo esperado por el Antiguo Testamento y por nosotros:
Pero antes de mirar a la Santísima Virgen, conviene recordar cuánto fue esperado el Mesías, porque Jesús es, como nos dice San Pablo, el “misterio que fue guardado en secreto desde la eternidad” (Rm 16,25). Fue guardado en secreto porque Dios lo fue revelando de apoco. A lo largo de esa paulatina revelación, muchos fueron los que esperaron al Mesías, aquel que venía de Dios para cumplir una misión redentora: aplastar la cabeza de la antigua serpiente (Cf. Gn 3,15).
Lo esperaron Adán y Eva después de su pecado, lo esperó Abraham como bendición para todos los pueblos, lo esperó Moisés como nuevo portavoz de Dios, lo esperaron los profetas, finalmente, lo esperaban entre otros, Simeón y Ana. Ambos ancianos, profetas, llenos del Espíritu Santo, ejemplares fieles del Israel creyente y dócil a Dios.
Y con ellos, nosotros también lo esperamos, nosotros también queremos abrazar al Niño Dios entre nuestros brazos como el anciano Simeón, pero para ello hay que tener el corazón preparado, para abrazarlo desde la fe.

  1.  Está por llegar el Hijo de David:
Si nos centramos en las Lecturas que la Liturgia nos ofrece, lo que se prometió en las palabras de Natán, se cumplen en las del Arcángel San Gabriel. El profeta había dicho de parte de Dios: “Cuando hayas llegado al término de tus días y vayas a descansar con tus padres, yo elevaré después de ti a uno de tus descendientes, a uno que saldrá de tus entrañas, y afianzaré su realeza.  Él edificará una casa para mi Nombre y yo afianzaré para siempre su trono real. Seré un padre para él, él será para mí un hijo… Tu casa y tu reino durarán eternamente delante de mí y su trono será estable para siempre” (2 Sam 7,12-16).
San Gabriel, hablando de Jesús, le dice a la santísima Virgen: “Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin” (Lc 1,32-33).
En Navidad nace un Rey, pero no “de este mundo” (Jn 18,36), un Rey, que nos trae el poderoso amor de Dios para que reine en nuestras vidas; nace un Rey humilde, que viene con su Espíritu de santificación; nace un Rey eterno, que vence las vicisitudes de nuestra vida con su amor fiel.

  1.  Nosotros nos preparamos:
Por eso, los cristianos nos preparamos para su encuentro tratando de “copiar” el corazón de aquella que lo recibió primero: la Virgen Santísima. De hecho el texto del Evangelio de san Lucas nos la muestra humilde, entregada, dócil, pronta a cumplir la divina voluntad, desinteresada, creyente, todo eso en esta simple frase que brotó de sus labios: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho” (Lc 1,38).
Con esta actitud nos da el ejemplo de aquello que después nos dejará como mandato de su parte: “Hagan todo lo que Él les diga” (Jn 2,5). Así, nos enseña cuál debe ser el mejor adorno del pesebre de nuestro corazón: la humilde aceptación del Don de Dios.

Conclusión:
Le pedimos a la misma Señora que interceda por nosotros y los cristianos del mundo entero, para que como Ella, como Simeón y Ana y los Santos de todos los tiempos, podamos dejarnos transformar por la grandeza de este Rey tan pequeño en apariencia, de este Dios tan escondido, que sólo los pequeños pudieron conocerlo.

Pasos de Fe



El Camino de San José

(Reflexiones de un peregrino)



Como las manos del que amasa el pan, que va juntando los ingredientes y los mezcla de a poco, que va dando forma y vida a esa masa entre sus dedos, de ese modo, en la mente y el corazón de unos pocos fue dando vueltas una idea, un desafío.
También sucedió que una idea fue dando lugar a otra, un camino a otro camino, hasta que se pudo elegir el destino. Más difícil fue la fecha, entre el apremio de hacerlo y la cercanía de fin de año; entre el calor y el agua de los senderos…
Invitación, incertidumbre y dudas, preparación física y espiritual… y quedó conformado el equipo, el lugar y la hora del encuentro: Jueves 7 de diciembre, vísperas de la Inmaculada Concepción, 18 hs en Santa Teresita, capilla de General Pico… Desde allí se inauguró el primer Camino de San José.

Partida:
Recuerdo que nos reunimos en la iglesia, en la presencia del Señor. Comenzamos nuestro desafío con la santa misa. Pedimos a Dios que nos asista, dirija, cubra, alumbre y acompañe.
Con el rosario y la insignia de San José, tras la imagen de la Virgen comenzamos paso a paso… Este fue uno de los pensamientos que me acompañaron en la peregrinación. Paso a paso se llega lejos. La constancia y perseverancia en las pequeñas cosas, tanto en el ámbito humano como en el espiritual. A muchos les cuesta crecer en su vida cristiana porque no son constantes con las pequeñas obras de piedad que, como pequeños tronquitos, mantienen el fuego de un hogar. Paso a paso, es lo mismo que ser fiel a la gracia actual, a ese impulso interior para hacer la voluntad de Dios en lo cotidiano, para ejercitar un acto de virtud, para evitar un pecado. Paso a paso hasta el final. Son importantes las iniciativas, pero también las “terminativas.”
A veces nos parece que la vida es monótona, pensamos si tiene sentido seguir haciendo lo mismo día a día. Sin embargo, el peregrino no puede preguntarse si vale la pena dar siempre los mismos pasos. Justamente son esos mismos pasos los que lo acercan a su destino. Además, por esto mismo, cada paso es distinto, aunque parezca igual al anterior y al siguiente.
Al caer el sol rezamos el primer rosario de nuestro camino. La Virgen ocupó un lugar central. Ella siempre nos quiere llevar a Dios, acercar a Jesús. Guiado por una voz de niño y otra de adolescente pasaron las primeras cincuenta avemarías… Llegada a la capilla de Dorila, cena y un video. Éste fue el primer día.

Segundo día:
Al despertar, oración y desayuno nos prepararon para la jornada más larga. Desde que comenzamos a caminar hasta llegar al campo que nos esperaba pasaron nueve horas y media. Nubes por la mañana, sol por la tarde. Ampollas y contracturas. Pero llegamos.

¡Cuánto tiempo nos llevó! Pero pienso en la grandeza de lo humilde: el paso a pie es muy humilde. Es la forma de peregrinar más lenta, que menos metros recorre cada vez pero, con tiempo, se llega lejos. El trote, la bici, el auto… todos le ganan en velocidad, pero el paso a pie significa un esfuerzo tranquilo pero prolongado… que tiene sus frutos.
También pensaba en la gracia inmensa de poder estar alegre en medio del dolor. Porque ese caminar hacia un lugar santo e importante nos llena de entusiasmo, el desafío de superarse nos fascina y, en medio de un importante cansancio y dolor físico se puede experimentar una profunda alegría. Esto es muy importante.
Poder descubrir que el dolor del cuerpo no siempre puede entristecer nuestra alma, que hay objetivos que le dan a uno la capacidad de volar por encima del dolor, de seguir adelante, sobre todo mirando al Cristo crucificado pendiente de nuestros rosarios; poder descubrir esto es una gran enseñanza para toda la vida.
Saber que la receta ante el dolor no es fijarnos en nosotros mismos. Esto nos hace sufrir más. Sino que, como nos enseñó nuestro Divino Salvador, la cruz se abraza y se ofrece… Allí, en medio del camino, con el calor y el dolor, los que caminamos, lo hicimos porque queríamos hacerlo… A la Virgen le pedimos la gracia de poder querer llevar, por amor a Dios y a los demás, las cruces que aparezcan en nuestra vida.
Más aún, meditaba en la combinación de éxitos y fracasos. No siempre se puede hacer una peregrinación de modo “impecable” pero igual se llega. Se experimenta la incapacidad, la limitación y, junto a esto, el poder de la gracia de Dios y de la ayuda de los demás. Esto también vale la pena recordar. Nuestra vida cristiana no es un triunfo de nuestras fuerzas, sino que es una gracia de Dios que nos puede transformar si somos fieles.

Al atardecer tuvimos la santa misa seguida de un momento de adoración eucarística: “Es el Señor” (Jn 21,7). Bajo la apariencia de pan y vino, después de la consagración está verdadera y sustancialmente el Cuerpo de Cristo. No es un símbolo, está “Jesús escondido” como lo llamaban los santos pastorcitos de Fátima. Por eso, aunque estábamos cansados, fue muy importante dedicarle un tiempo a Él, tener la misa y quedarnos, por turnos, un momento en oración. Y así sucedió. Después de la bendición nos fuimos a descansar. Esa noche sería muy corta.

Tercer día:
Nuestros ojos le ganaron al sol. Comenzamos nuestro último tramo antes del amanecer. Queríamos ver salir el sol en el camino…
En el mundo agitado en que vivimos, necesitamos aprender la importancia del silencio y de la contemplación. Silencio para poder escuchar la voz de Dios. Contemplación para descubrir con nuestro corazón la obra de Dios.
La brisa del camino fue un gran regalo. Con algunos pequeños descansos, nos acercamos al Santuario…
¿Por qué dedicarle tres días a una caminata? ¿Si todos tenemos muchas cosas que hacer? Es una cuestión de elegir y renunciar. Cuestión demasiado habitual en nuestra vida. Muchísimas veces para elegir algo debemos renunciar a otras cosas. Lo importante es saber elegir y saber renunciar. Es importante. Los que renunciamos a muchas cosas para peregrinar, elegimos dedicarle un tiempo a una actividad espiritualmente muy rica. Peregrinar es una escuela de vida cristiana. Por eso valió la pena.
Tres palabras nos acompañaron interiormente: “Conócete, acéptate, supérate.”
Gracias al tiempo que el silencio del caminar nos da para pensar y gracias a las diversas reacciones que tenemos ante las dificultades, la peregrinación nos ayuda a conocernos mejor. También es importante aceptar lo que vemos de nosotros mismos para poder superarnos por amor a Dios.
Al llegar, nos esperaban nuestros familiares y nos recibieron en el Santuario. Compartimos la misa y el almuerzo. Regresamos con mucho para rumiar en el corazón.

El regreso:
Me quedo con tres imágenes, tomadas de los rostros de los peregrinos: las lágrimas, las marcas del cansancio y dolor, la sonrisa de alegría. Quizás sea ésta la gran enseñanza de la peregrinación: Cuando nos dirigimos hacia Dios el dolor se cambia en alegría y en la emoción de sabernos amados infinitamente por Él de tal modo que Él nos hace alcanzar las metas que necesitamos alcanzar. Él nos hace recorrer los caminos que necesitamos recorrer. 
Al volver a casa, creo que como buenos peregrinos, debemos reflejar estas tres imágenes, en lo de todo los días.

Meditación de Adviento y Navidad II



Nacimiento



“Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue. En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él». Después que los ángeles volvieron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado». Fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de que decían los pastores. Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido” (Lc 2,6-20).

El pesebre:
Ya desde su nacimiento, Él no pertenece a ese ambiente que según el mundo es importante y poderoso. Y, sin embargo, precisamente este hombre irrelevante y sin poder se revela como el realmente Poderoso, como Aquel de quien a fin de cuentas todo depende.
María puso a su Niño recién nacido en un pesebre (cf. Lc 2,7). De aquí se ha deducido con razón que Jesús nació en un establo, en un ambiente poco acogedor —estaríamos tentados de decir: indigno—, pero que ofrecía en todo caso la discreción necesaria para el santo evento. En la región en torno a Belén se usan desde siempre grutas como establo.
María envolvió al niño en pañales. Podemos imaginar sin sensiblería alguna con cuánto amor esperaba María su hora y preparaba el nacimiento de su Hijo. La tradición de los iconos, basándose en la teología de los Padres, ha interpretado también teológicamente el pesebre y los pañales. El niño envuelto y bien ceñido en pañales aparece como una referencia anticipada a la hora de su muerte: es desde el principio el Inmolado… Por eso el pesebre se representaba como una especie de altar.
El pesebre es donde los animales encuentran su alimento. Sin embargo, ahora yace en el pesebre quien se ha indicado a sí mismo como el verdadero pan bajado del cielo, como el verdadero alimento que el hombre necesita para ser persona humana. Es el alimento que da al hombre la vida verdadera, la vida eterna. El pesebre se convierte de este modo en una referencia a la mesa de Dios, a la que el hombre está invitado para recibir el pan de Dios. En la pobreza del nacimiento de Jesús se perfila la gran realidad en la que se cumple de manera misteriosa la redención de los hombres.


Los testigos:
Los primeros testigos del gran acontecimiento son pastores que velan… quizá ellos vivieron más de cerca el acontecimiento, no sólo exteriormente, sino también interiormente; más que los ciudadanos, que dormían tranquilamente. Y tampoco estaban interiormente lejos del Dios que se hace niño. Esto concuerda con el hecho de que formaban parte de los pobres, de las almas sencillas, a los que Jesús bendeciría, porque a ellos está reservado el acceso al misterio de Dios (cf. Lc 10,21s). Ellos representan a los pobres de Israel, a los pobres en general: los predilectos del amor de Dios.

El canto de los Ángeles:
¿Qué es lo que han cantado los ángeles, según la narración de san Lucas? Ellos ponen en relación la gloria de Dios «en el cielo» con la paz de los hombres «en la tierra». La Iglesia ha retomado estas palabras y ha compuesto con ellas todo un himno. En los detalles, sin embargo, la traducción de las palabras del ángel es controvertida. El texto latino que nos es familiar se traducía hasta hace poco de la siguiente manera: «Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.» Esta traducción es rechazada por los exegetas modernos —con buenas razones— en cuanto unilateralmente moralizante.
La «gloria de Dios» no es algo que los hombres puedan suscitar («sea dada gloria a Dios»). La «gloria» de Dios ya existe, Dios es glorioso, y esto es verdaderamente un motivo de alegría: existe la verdad, existe el bien, existe la belleza. Estas realidades existen —en Dios— de modo indestructible.
Más relevante es la diferencia en la traducción de la segunda parte de las palabras del ángel. Lo que hasta hace poco se traducía como «hombres de buena voluntad», ahora se expresa de esta manera en la traducción de la Conferencia Episcopal Alemana: «Menschen seiner Gnade» , hombres de su gracia. En la traducción de la Conferencia Episcopal Italiana se habla de «uomini che egli ama», hombres que él ama. Ahora bien, nos preguntamos entonces: ¿Quiénes son los hombres que Dios ama? ¿Hay también algunos a los que tal vez no ama? ¿Acaso no ama a todos como criaturas suyas? ¿Qué quiere decir por tanto la añadidura: «que Dios ama»? También puede hacerse una pregunta similar respecto a la traducción alemana. ¿Quiénes son los «hombres de su gracia»? ¿Hay personas que no son de su gracia? Y si es así, ¿por qué razón? La traducción literal del texto original griego suena así: paz a los «hombres de [su] complacencia»El hombre en que se complace es Jesús. Lo es porque vive totalmente orientado al Padre, vive con la mirada fija en Él y en comunión de voluntad con Él. Las personas de la complacencia son por tanto aquellas que tienen la actitud del Hijo, personas configuradas con Cristo.
Detrás de la diferencia entre las traducciones está en último análisis la cuestión sobre la relación entre la gracia de Dios y la libertad humana. Según el testimonio de la Sagrada Escritura no cabe duda alguna de que ninguna de las dos posiciones extremas es correcta. Gracia y libertad se compenetran recíprocamente, y no podemos expresar la acción de una sobre la otra mediante fórmulas claras. Es verdad que no podríamos amar si antes no hubiésemos sido amados por Dios. La gracia de Dios siempre nos precede, nos abraza y nos sustenta. Pero sigue siendo también verdad que el hombre está llamado a participar en este amor, y que no es un simple instrumento de la omnipotencia de Dios, sin voluntad propia; puede amar en comunión con el amor de Dios, o también rechazar este amor. Me parece que la traducción literal —«de la complacencia» (o «de su complacencia»)— respeta mejor este misterio, sin disolverlo en sentido unilateral.