Ya llega el Señor
2 Samuel
7,1-5. 8b-12. 14a.16; Sal 88, 2-3. 4-5. 27 y 29; Romanos 16,25-27; Lucas
1,26-38
Introducción:
La espera está alcanzando su fin. Hemos llegado al último
domingo de Adviento. Y la Iglesia, nos propone, unos días antes de celebrar el
nacimiento de nuestro Redentor, el relato de la Anunciación y Encarnación del
Verbo. Como es lógico, antes de contemplar al Niño de Belén, la liturgia nos
traslada a la casa de Nazaret, donde ese Niño divino fue concebido.
- Jesucristo esperado por el Antiguo Testamento y por nosotros:
Pero antes de mirar a la Santísima Virgen, conviene recordar
cuánto fue esperado el Mesías, porque Jesús es, como nos dice San Pablo, el
“misterio que fue guardado en secreto desde la eternidad” (Rm 16,25). Fue guardado
en secreto porque Dios lo fue revelando de apoco. A lo largo de esa paulatina
revelación, muchos fueron los que esperaron al Mesías, aquel que venía de Dios
para cumplir una misión redentora: aplastar la cabeza de la antigua serpiente
(Cf. Gn 3,15).
Lo esperaron Adán y Eva después de su pecado, lo esperó
Abraham como bendición para todos los pueblos, lo esperó Moisés como nuevo portavoz
de Dios, lo esperaron los profetas, finalmente, lo esperaban entre otros,
Simeón y Ana. Ambos ancianos, profetas, llenos del Espíritu Santo, ejemplares
fieles del Israel creyente y dócil a Dios.
Y con ellos, nosotros también lo esperamos, nosotros también
queremos abrazar al Niño Dios entre nuestros brazos como el anciano Simeón,
pero para ello hay que tener el corazón preparado, para abrazarlo desde la fe.
- Está por llegar el Hijo de David:
Si nos centramos en las Lecturas que la Liturgia nos ofrece, lo que se prometió en las
palabras de Natán, se cumplen en las del Arcángel San Gabriel. El profeta había
dicho de parte de Dios: “Cuando hayas llegado al término de tus días
y vayas a descansar con tus padres, yo elevaré después de ti a uno de tus
descendientes, a uno que saldrá de tus entrañas, y afianzaré su realeza. Él edificará una casa para mi Nombre y yo
afianzaré para siempre su trono real. Seré un padre para él, él será para mí un
hijo… Tu casa y tu reino durarán eternamente delante de mí y su trono será
estable para siempre” (2 Sam
7,12-16).
San Gabriel, hablando de Jesús, le dice a la
santísima Virgen: “Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor
Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para
siempre y su reino no tendrá fin” (Lc 1,32-33).
En Navidad nace un Rey, pero no “de este mundo” (Jn
18,36), un Rey, que nos trae el poderoso amor de Dios para que reine en
nuestras vidas; nace un Rey humilde,
que viene con su Espíritu de santificación; nace un Rey eterno, que vence las vicisitudes de nuestra vida con su amor
fiel.
- Nosotros nos preparamos:
Por eso, los cristianos nos preparamos para su encuentro
tratando de “copiar” el corazón de aquella que lo recibió primero: la Virgen Santísima.
De hecho el texto del Evangelio de san Lucas nos la muestra humilde, entregada,
dócil, pronta a cumplir la divina voluntad, desinteresada, creyente, todo eso
en esta simple frase que brotó de sus labios: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”
(Lc 1,38).
Con esta actitud nos da el ejemplo de aquello que después
nos dejará como mandato de su parte: “Hagan todo lo que Él les diga” (Jn 2,5).
Así, nos enseña cuál debe ser el mejor adorno
del pesebre de nuestro corazón: la humilde aceptación del Don de Dios.
Conclusión:
Le pedimos a la misma Señora que interceda por nosotros y
los cristianos del mundo entero, para que como Ella, como Simeón y Ana y los
Santos de todos los tiempos, podamos dejarnos transformar por la grandeza de
este Rey tan pequeño en apariencia, de este Dios tan escondido, que sólo los
pequeños pudieron conocerlo.