Pasos de Fe



El Camino de San José

(Reflexiones de un peregrino)



Como las manos del que amasa el pan, que va juntando los ingredientes y los mezcla de a poco, que va dando forma y vida a esa masa entre sus dedos, de ese modo, en la mente y el corazón de unos pocos fue dando vueltas una idea, un desafío.
También sucedió que una idea fue dando lugar a otra, un camino a otro camino, hasta que se pudo elegir el destino. Más difícil fue la fecha, entre el apremio de hacerlo y la cercanía de fin de año; entre el calor y el agua de los senderos…
Invitación, incertidumbre y dudas, preparación física y espiritual… y quedó conformado el equipo, el lugar y la hora del encuentro: Jueves 7 de diciembre, vísperas de la Inmaculada Concepción, 18 hs en Santa Teresita, capilla de General Pico… Desde allí se inauguró el primer Camino de San José.

Partida:
Recuerdo que nos reunimos en la iglesia, en la presencia del Señor. Comenzamos nuestro desafío con la santa misa. Pedimos a Dios que nos asista, dirija, cubra, alumbre y acompañe.
Con el rosario y la insignia de San José, tras la imagen de la Virgen comenzamos paso a paso… Este fue uno de los pensamientos que me acompañaron en la peregrinación. Paso a paso se llega lejos. La constancia y perseverancia en las pequeñas cosas, tanto en el ámbito humano como en el espiritual. A muchos les cuesta crecer en su vida cristiana porque no son constantes con las pequeñas obras de piedad que, como pequeños tronquitos, mantienen el fuego de un hogar. Paso a paso, es lo mismo que ser fiel a la gracia actual, a ese impulso interior para hacer la voluntad de Dios en lo cotidiano, para ejercitar un acto de virtud, para evitar un pecado. Paso a paso hasta el final. Son importantes las iniciativas, pero también las “terminativas.”
A veces nos parece que la vida es monótona, pensamos si tiene sentido seguir haciendo lo mismo día a día. Sin embargo, el peregrino no puede preguntarse si vale la pena dar siempre los mismos pasos. Justamente son esos mismos pasos los que lo acercan a su destino. Además, por esto mismo, cada paso es distinto, aunque parezca igual al anterior y al siguiente.
Al caer el sol rezamos el primer rosario de nuestro camino. La Virgen ocupó un lugar central. Ella siempre nos quiere llevar a Dios, acercar a Jesús. Guiado por una voz de niño y otra de adolescente pasaron las primeras cincuenta avemarías… Llegada a la capilla de Dorila, cena y un video. Éste fue el primer día.

Segundo día:
Al despertar, oración y desayuno nos prepararon para la jornada más larga. Desde que comenzamos a caminar hasta llegar al campo que nos esperaba pasaron nueve horas y media. Nubes por la mañana, sol por la tarde. Ampollas y contracturas. Pero llegamos.

¡Cuánto tiempo nos llevó! Pero pienso en la grandeza de lo humilde: el paso a pie es muy humilde. Es la forma de peregrinar más lenta, que menos metros recorre cada vez pero, con tiempo, se llega lejos. El trote, la bici, el auto… todos le ganan en velocidad, pero el paso a pie significa un esfuerzo tranquilo pero prolongado… que tiene sus frutos.
También pensaba en la gracia inmensa de poder estar alegre en medio del dolor. Porque ese caminar hacia un lugar santo e importante nos llena de entusiasmo, el desafío de superarse nos fascina y, en medio de un importante cansancio y dolor físico se puede experimentar una profunda alegría. Esto es muy importante.
Poder descubrir que el dolor del cuerpo no siempre puede entristecer nuestra alma, que hay objetivos que le dan a uno la capacidad de volar por encima del dolor, de seguir adelante, sobre todo mirando al Cristo crucificado pendiente de nuestros rosarios; poder descubrir esto es una gran enseñanza para toda la vida.
Saber que la receta ante el dolor no es fijarnos en nosotros mismos. Esto nos hace sufrir más. Sino que, como nos enseñó nuestro Divino Salvador, la cruz se abraza y se ofrece… Allí, en medio del camino, con el calor y el dolor, los que caminamos, lo hicimos porque queríamos hacerlo… A la Virgen le pedimos la gracia de poder querer llevar, por amor a Dios y a los demás, las cruces que aparezcan en nuestra vida.
Más aún, meditaba en la combinación de éxitos y fracasos. No siempre se puede hacer una peregrinación de modo “impecable” pero igual se llega. Se experimenta la incapacidad, la limitación y, junto a esto, el poder de la gracia de Dios y de la ayuda de los demás. Esto también vale la pena recordar. Nuestra vida cristiana no es un triunfo de nuestras fuerzas, sino que es una gracia de Dios que nos puede transformar si somos fieles.

Al atardecer tuvimos la santa misa seguida de un momento de adoración eucarística: “Es el Señor” (Jn 21,7). Bajo la apariencia de pan y vino, después de la consagración está verdadera y sustancialmente el Cuerpo de Cristo. No es un símbolo, está “Jesús escondido” como lo llamaban los santos pastorcitos de Fátima. Por eso, aunque estábamos cansados, fue muy importante dedicarle un tiempo a Él, tener la misa y quedarnos, por turnos, un momento en oración. Y así sucedió. Después de la bendición nos fuimos a descansar. Esa noche sería muy corta.

Tercer día:
Nuestros ojos le ganaron al sol. Comenzamos nuestro último tramo antes del amanecer. Queríamos ver salir el sol en el camino…
En el mundo agitado en que vivimos, necesitamos aprender la importancia del silencio y de la contemplación. Silencio para poder escuchar la voz de Dios. Contemplación para descubrir con nuestro corazón la obra de Dios.
La brisa del camino fue un gran regalo. Con algunos pequeños descansos, nos acercamos al Santuario…
¿Por qué dedicarle tres días a una caminata? ¿Si todos tenemos muchas cosas que hacer? Es una cuestión de elegir y renunciar. Cuestión demasiado habitual en nuestra vida. Muchísimas veces para elegir algo debemos renunciar a otras cosas. Lo importante es saber elegir y saber renunciar. Es importante. Los que renunciamos a muchas cosas para peregrinar, elegimos dedicarle un tiempo a una actividad espiritualmente muy rica. Peregrinar es una escuela de vida cristiana. Por eso valió la pena.
Tres palabras nos acompañaron interiormente: “Conócete, acéptate, supérate.”
Gracias al tiempo que el silencio del caminar nos da para pensar y gracias a las diversas reacciones que tenemos ante las dificultades, la peregrinación nos ayuda a conocernos mejor. También es importante aceptar lo que vemos de nosotros mismos para poder superarnos por amor a Dios.
Al llegar, nos esperaban nuestros familiares y nos recibieron en el Santuario. Compartimos la misa y el almuerzo. Regresamos con mucho para rumiar en el corazón.

El regreso:
Me quedo con tres imágenes, tomadas de los rostros de los peregrinos: las lágrimas, las marcas del cansancio y dolor, la sonrisa de alegría. Quizás sea ésta la gran enseñanza de la peregrinación: Cuando nos dirigimos hacia Dios el dolor se cambia en alegría y en la emoción de sabernos amados infinitamente por Él de tal modo que Él nos hace alcanzar las metas que necesitamos alcanzar. Él nos hace recorrer los caminos que necesitamos recorrer. 
Al volver a casa, creo que como buenos peregrinos, debemos reflejar estas tres imágenes, en lo de todo los días.