“Si rasgaras los cielos y descendieras”
Isaías
63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7; Sal 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19; 1 Corintios 1,3-9;
Marcos 13, 33-37
Introducción:
“Si rasgaras los cielos y descendieras” (Is 64,1), éste es
también nuestro anhelo. Porque es el anhelo de todo hombre que experimenta su
limitación, el deseo de todo ser humano que ve la maldad que hay en el mundo,
el ansia de todo aquel que lleva un gran sufrimiento sobre sus espaldas… Es el
anhelo de todo hombre, porque todos, lo sepamos o no, necesitamos a Dios.
“Si rasgaras los cielos y descendieras”: así le pedimos, así
clamamos y así nos invita la Iglesia a suplicar en el comienzo del Adviento,
porque éste es un tiempo especial de esperanza, esperanza en Aquel que es
“Nuestro Redentor” (Is 63,16), nuestro Padre y Alfarero (Cf. Is 64,7). Pero
para aprovechar la esperanza de este tiempo, meditaremos en tres cosas: la fe, necesario fundamento de la
esperanza; el deseo, amigo de la
esperanza; y la vigilancia respecto
a todo obstáculo.
1.
Tiempo
para acrecentar nuestra fe:
La fe, por la cual podemos conocer a Dios y su plan de amor,
es el fundamento de nuestro obrar como cristianos. Porque reconocemos que todo
lo que Dios nos ha enseñado es verdadero, nos esforzamos en hacerlo vida. Así
como Abraham que, creyendo a Dios, salió de su tierra, abandonó su casa, y se
dirigió a un lugar desconocido confiado sólo en Dios y en su Palabra (Cf. Gn
12,1-4).
Así, el Adviento nos invita a acrecentar nuestra fe,
principalmente en dos misterios, las dos venidas del Señor: la Encarnación y la Segunda Venida. Porque para poder esperar verdaderamente, debemos
estar convencidos de estas verdades: ¿cómo vamos a prepararnos esforzadamente
para celebrar la Navidad si no creemos en que el Hijo de Dios se hizo hombre
por amor a nosotros? ¿Cómo vamos a comportarnos como Dios quiere si nos
olvidamos de que, al fin de los tiempos,
seremos juzgados en el amor?
Por esto, con el salmista le decimos: “ven a visitar tu viña” (Salmo 79(80), 17). Ven a visitarnos con la
fe verdadera, firme y perseverante, para que venzamos toda duda y toda
incredulidad. Para que estemos de tal modo convencidos, que podamos
transmitirlo con nuestra forma de vivir.
2.
Tiempo
de deseo:
Creyendo, tanto en el Niño del pesebre como en el Rey
todopoderoso, podemos desear la salvación. La ternura de Belén unida a la
justicia del juicio final, nos hacen esperar la venida de nuestro Salvador, que
es fiel (Cf. 1Cor 1,9) y quiere nuestro bien. Por esto, nuestro corazón se
siente atraído hacia Él. Como María santísima y san José, esperamos ansiosos su
llegada. Este deseo, si es verdadero, nos lleva a prepararnos convenientemente,
con la oración, los sacramentos y la mortificación.
Por esto, el Adviento es un tiempo de propósitos: ¿cómo puedo
mejorar mi oración, en el tiempo o en la calidad? ¿Me acerco como Dios quiere a
los Sacramentos? ¿Soy capaz de cambiar alguna actitud que no me ayuda a
acercarme a Dios? El deseo del Adviento, nos invita a contestar estas preguntas
en nuestro corazón.
3.
Tiempo
de vigilancia:
Finalmente, éste también es un tiempo de vigilancia. Jesús
nos dice: “Tengan cuidado y estén prevenidos porque no saben cuándo llegará el
momento” (Mc 13,33). Debemos estar espiritualmente despiertos, para que no se
nos mezclen pensamientos que, como polillas, destruyan nuestra mirada de fe. Algunos
que se dicen cristianos y afirman tener mucha fe, no viven de acuerdo a lo que
creen: esta falta de coherencia entre pensamiento y vida es mortal para la fe ya
que “la fe si no va acompañada de las obras, está completamente muerta” (Sant
2,17). Otra polilla respecto a la cual debemos estar vigilantes es el
“cristianismo del pero”: soy cristiano pero…, yo tengo fe pero…, yo le hago
caso al Papa pero… Y con ese pero
agujereamos nuestra fe. En las cosas esenciales, no podemos permitirnos esta actitud escapista, por ejemplo en
temas como: aborto, la familia como Dios quiere, la necesidad
de la Iglesia para seguir de cerca a
Jesús…
Conclusión:
De cara al pesebre de nuestro Salvador, nos comprometemos
confiados en María, nuestra Señora de la dulce espera, a preparar un corazón
bien dispuesto para el Señor: meditando con fe en su Venida, suplicándole su
ayuda frente a las diversas tentaciones que nos atacan y con el compromiso de
poner los medios para ser más fieles al Señor.