Homilía del Domingo III de Adviento Ciclo B



El gozo de la caridad

Isaías 61, 1-2a. 10-11; Lc 1, 46-48. 49-50. 53-54; 1 Tesalonicenses 5,16-24; Juan 1, 6-8.19-28

Introducción:
El tercer domingo de Adviento es un día especial de gozo y alegría. ¿Y qué alegría más grande, que saber que Alguien muy especial nos ama? Los cristianos renovamos constantemente nuestra alegría, porque sabemos que Dios nos ama infinitamente. Y nuestro gozo, crece al conocer a Jesús, al vivir como cristianos y al sabernos enviados para continuar la misión salvadora de Cristo.
Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo  encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo” (DA 29).

  1. El gozo de conocer a Jesús:
En primer lugar, lo que enciende el gozo en nuestra alma es saber que, en Cristo, Dios nos ama. Y esta alegría es tal, cuando la fe es grande, que puede superar cualquier tristeza, porque ante el gozo del amor, pierden fuerza todas las dificultades. Por esto, los Santos han podido mantenerse en serenidad, sin dejar lugar a la impaciencia, ante terribles pruebas, como la cárcel de Van Thuan, los enfermos de Santa Teresa de Calcuta y el campo de concentración de San Maximiliano María Kolbe, entre otros.
Actual y necesaria es la advertencia del Bautista: “En medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen” (Jn 1,26). Porque si no conocemos a Jesús, el gozo verdadero se nos escapa de las manos. Si no reconocemos, aceptamos y correspondemos a su amor, nuestra vida tendrá un espacio vacío imposible de llenar.
De aquí que, para vivir en el gozo del Señor tengamos que vencer, a fuerza de su amor, todos los pecados contra la caridad: la indiferencia para con nuestros hermanos y para con nuestro Dios, la ingratitud, la tibieza (que es una negligencia en el amor a Dios) y la acedia (que consiste en entristecerse por no corresponder a su amor). Todas ellas no nos dejan ser verdaderamente felices, porque nos alejan de nuestro gran tesoro, el amor infinito de Dios que, tanto nos amó, que entregó a su Hijo por nosotros (Cf. Jn 3,16).

  1. El gozo de vivir como hijos de Dios
Este gozo crece cuando la puerta del corazón queda abierta para Dios, porque no basta con decir “yo creo”, hay que vivir como creyentes, dejando que el Señor actúe en nuestra vida concreta, cotidiana. Así, el gozo de sabernos amados se traduce en la realidad, en nuestra realidad. No basta con evitar lo malo, hay que vivir en el bien y  actuar como Dios quiere, “no de cualquier modo”.
Es importante meditar sobre nuestra vida cristiana: ¿se relacionan nuestra forma de creer con nuestras obras? ¿De qué modo? ¿Hasta qué punto?
Nos enseña el catecismo que “la fe en el amor de Dios encierra la llamada y la obligación de responder a la caridad divina mediante un amor sincero” (CATIC 2093).  Y así, mediante este amor sincero, que no sólo podemos ver en el actuar de Dios sino también en nuestra forma de vivir gracias al auxilio divino, la alegría crece, y nuestro gozo se hace perfecto (Cf. Jn 15,11).

  1. El gozo de  ser enviados a los demás:
Finalmente, la alegría está llamada a crecer dándose. Este gozo de nuestro  encuentro con Nuestro Señor Jesucristo, Amigo y Salvador, aumenta al compartirlo con los demás. “Nosotros, decían los Apóstoles, no podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20). Así lo decía el profeta Isaías: “Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo”, pero antes había enumerado las obras de misericordia, diciendo: “Él me envió a llevar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones heridos, a proclamar la liberación a los cautivos y la libertad a los prisioneros…” (Is 61,1).
Ante esta lista de buenas obras de apostolado y caridad, nos preguntamos: ¿qué hacemos por transmitir a los demás la fe? ¿Con qué obras corroboramos lo que nosotros creemos?

Conclusión:
En un mundo donde muchas veces hace sentir su influencia la tristeza; donde la desolación del corazón hace estragos en la propia persona y en los demás; donde el hombre parece ser el destructor del hombre… la Palabra de Dios nos ilumina e impulsa a vivir en la alegría del Señor, creyendo en Él y entregando nuestra vida en sus manos. Así como San Juan Bautista que no sólo pudo ver a Cristo y señalarlo de cerca, sino que se esforzó en vivir intensamente su fe -de un modo muy especial, por cierto- y en predicar a los demás el camino del encuentro con el Salvador, con el Dador de la felicidad verdadera, hasta el máximo testimonio de coherencia y fidelidad, el martirio.