Nacimiento
“Mientras se
encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su
Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no
había lugar para ellos en el albergue. En esa región acampaban unos pastores,
que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les
apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz.
Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No teman, porque les
traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la
ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto
les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y
acostado en un pesebre». Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud
del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: ¡Gloria a Dios en las
alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él». Después que los
ángeles volvieron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos a
Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado». Fueron
rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el
pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos
los que los escuchaban quedaron admirados de que decían los pastores. Mientras
tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. Y los
pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto
y oído, conforme al anuncio que habían recibido” (Lc 2,6-20).
El pesebre:
Ya desde su
nacimiento, Él no pertenece a ese
ambiente que según el mundo es importante y poderoso. Y, sin embargo,
precisamente este hombre irrelevante y sin poder se revela como el realmente
Poderoso, como Aquel de quien a fin de cuentas todo depende.
María puso a su Niño
recién nacido en un pesebre (cf. Lc 2,7). De aquí se ha deducido con razón que
Jesús nació en un establo, en un ambiente poco acogedor —estaríamos tentados de
decir: indigno—, pero que ofrecía en todo caso la discreción necesaria para el
santo evento. En la región en torno a Belén se usan desde siempre grutas como
establo.
María envolvió al
niño en pañales. Podemos imaginar sin sensiblería alguna con cuánto amor
esperaba María su hora y preparaba el nacimiento de su Hijo. La tradición de
los iconos, basándose en la teología de los Padres, ha interpretado también
teológicamente el pesebre y los pañales.
El niño envuelto y bien ceñido en pañales aparece como una referencia anticipada a la hora de su muerte: es desde el principio
el Inmolado… Por eso el pesebre se representaba como una especie de altar.
El pesebre es donde los animales
encuentran su alimento. Sin embargo,
ahora yace en el pesebre quien se ha
indicado a sí mismo como el verdadero pan bajado del cielo, como el
verdadero alimento que el hombre necesita para ser persona humana. Es el
alimento que da al hombre la vida verdadera, la vida eterna. El pesebre se
convierte de este modo en una referencia
a la mesa de Dios, a la que el hombre está invitado para recibir el pan de
Dios. En la pobreza del nacimiento de Jesús se perfila la gran realidad en la
que se cumple de manera misteriosa la
redención de los hombres.
Los testigos:
Los primeros testigos del gran acontecimiento
son pastores que velan… quizá ellos vivieron más de
cerca el acontecimiento, no sólo exteriormente, sino también interiormente; más
que los ciudadanos, que dormían tranquilamente. Y tampoco estaban interiormente
lejos del Dios que se hace niño. Esto concuerda con el hecho de que formaban parte de los pobres, de las almas
sencillas, a los que Jesús bendeciría, porque a ellos está reservado el
acceso al misterio de Dios (cf. Lc 10,21s). Ellos representan a los pobres de Israel,
a los pobres en general: los predilectos del amor de Dios.
El canto de los Ángeles:
¿Qué es lo que han
cantado los ángeles, según la narración de san Lucas? Ellos ponen en relación la gloria de Dios «en el
cielo» con la paz de los hombres «en la tierra». La Iglesia ha retomado
estas palabras y ha compuesto con ellas todo un himno. En los detalles, sin
embargo, la traducción de las palabras del ángel es controvertida. El texto
latino que nos es familiar se traducía hasta hace poco de la siguiente manera:
«Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.»
Esta traducción es rechazada por los exegetas modernos —con buenas razones— en
cuanto unilateralmente moralizante.
La «gloria de Dios» no es algo que los
hombres puedan suscitar («sea dada gloria a Dios»). La «gloria» de Dios ya
existe, Dios es glorioso, y esto es verdaderamente un motivo de alegría: existe
la verdad, existe el bien, existe la belleza. Estas realidades existen —en
Dios— de modo indestructible.
Más relevante es la
diferencia en la traducción de la segunda parte de las palabras del ángel. Lo
que hasta hace poco se traducía como «hombres de buena voluntad», ahora se
expresa de esta manera en la traducción de la Conferencia Episcopal Alemana:
«Menschen seiner Gnade» , hombres de su gracia. En la traducción de la
Conferencia Episcopal Italiana se habla de «uomini che egli ama», hombres que
él ama. Ahora bien, nos preguntamos entonces: ¿Quiénes son los hombres que Dios
ama? ¿Hay también algunos a los que tal vez no ama? ¿Acaso no ama a todos como
criaturas suyas? ¿Qué quiere decir por tanto la añadidura: «que Dios ama»?
También puede hacerse una pregunta similar respecto a la traducción alemana.
¿Quiénes son los «hombres de su gracia»? ¿Hay personas que no son de su gracia?
Y si es así, ¿por qué razón? La
traducción literal del texto original griego suena así: paz a los «hombres de
[su] complacencia»… El hombre en que
se complace es Jesús. Lo es porque vive totalmente orientado al Padre, vive con
la mirada fija en Él y en comunión de voluntad con Él. Las personas de la complacencia son por tanto aquellas que tienen la
actitud del Hijo, personas configuradas con Cristo.
Detrás de la
diferencia entre las traducciones está en último análisis la cuestión sobre la
relación entre la gracia de Dios y la libertad humana. Según el testimonio de
la Sagrada Escritura no cabe duda alguna de que ninguna de las dos posiciones
extremas es correcta. Gracia y libertad se compenetran recíprocamente, y no
podemos expresar la acción de una sobre la otra mediante fórmulas claras. Es
verdad que no podríamos amar si antes no hubiésemos sido amados por Dios. La
gracia de Dios siempre nos precede, nos abraza y nos sustenta. Pero sigue
siendo también verdad que el hombre está llamado a participar en este amor, y
que no es un simple instrumento de la omnipotencia de Dios, sin voluntad
propia; puede amar en comunión con el amor de Dios, o también rechazar este
amor. Me parece que la traducción literal —«de la complacencia» (o «de su
complacencia»)— respeta mejor este misterio, sin disolverlo en sentido
unilateral.