“Preparen el camino del Señor”
Isaías 40, 1-5. 9-11; Sal 84, 9ab-10. 11-12. 13-14; 2 Pedro 3, 8-14; Marcos 1,1-8
Introducción:
Los cristianos, sabemos que “la salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en
nuestra tierra” (Salmo 84(85), 10). Por lo tanto, nos preparamos para
celebrar el Nacimiento de nuestro Redentor, pero también su Segunda Venida
gloriosa al fin de los tiempos. Y de hecho, el mismo Dios motiva nuestro
anhelante corazón insistiendo en su cercanía: “Aquí está tu Dios” (Is 40,9).
- Adviento, tiempo de esperanza:
Por esto, el sagrado tiempo del Adviento nos invita a
acrecentar la virtud de la esperanza.
Virtud que practicó de un modo admirable Abraham, quien pudo esperar contra toda esperanza (Cf. Rm
4,18), ya que estaba confiadamente
convencido de que el Señor cumple lo que promete. Y si bien, aquello era
humanamente imposible, se mantuvo firme poniendo su mirada en las manos
poderosas de Dios. Así, lo que para los hombres es imposible, la esperanza nos
descubre que no es así para Dios (Cf. Lc 18,27).
La Iglesia nos invita en este tiempo a pensar y meditar de
un modo especial en esta realidad: lo que Dios quiere de nosotros, sobrepasa
nuestra capacidad natural. Por esto,
debemos esperar de Dios su auxilio, es decir, su “bendición divina”, como dice
el Catecismo (CATIC 2090).
Toda la felicidad que Dios nos quiere dar, hemos de
esperarla confiados en sus promesas, a la vez que nos dejamos transformar por
su obra en nuestros corazones. Así, evitaremos dos dificultades, dos caminos
equivocados que nos alejan de Dios: uno es la desesperación y el otro la presunción.
La desesperación nos hace abandonar el camino de la salvación por creerla
imposible: “Dios no me puede perdonar
tanto”; la presunción nos hace pensar que aunque no pongamos los medios nos
salvaremos igual: “Dios es taaan bueno
que, al final, me perdonará todo”.
En cambio, la verdadera esperanza nos pone en camino de
salvación motivándonos a colaborar con la obra de Dios.
- En espera de las dos venidas:
Pero antes de ahondar en este punto, veamos qué cosas
esperamos, especialmente en el Adviento. Podríamos decir, resumidamente, las
dos venidas de Cristo. Esperamos tanto al Niño
Dios como al Juez universal y,
en ambas, esperamos nuestra salvación.
Esperamos la ternura de Belén, la alegría del Niño recién
nacido, a ese “Dios con nosotros” (Mt
1,23), esa presencia que vence nuestra soledad, nuestra tristeza, nuestras
dificultades, nuestros miedos y cobardías, esa cercanía de Dios que, aceptada
con fe en el fondo del corazón, es capaz de darle una luz nueva a nuestra vida.
También esperamos la Segunda Venida del Señor que, para
algunos será terrible, mientras que para los que estén preparados será
gloriosa, después de la cual todo será transformado y vendrán “un cielo nuevo y
una tierra nueva”, como dice el Apóstol San Pedro (2 Pd 3,13).
Esperamos al Salvador y de Él, la salvación, desde aquí en
nuestra vida mortal, para alcanzarla plenamente en la eternidad. Por esto,
pensando profundamente en la salvación, “vale
la pena” prepararse aunque cueste un poco, “vale la pena” abandonar lo que no nos ayuda para alcanzar a Cristo.
El cristiano convencido con una
esperanza firme, es capaz de dejar “su tierra” alejada de Dios e ir, como
Abraham, por el camino de la verdadera libertad que el Señor le indica.
- Una esperanza activa:
Así, llegamos a un punto muy importante: la esperanza se traduce en obras. Esta
virtud no es quedarse cruzado de brazos y que Dios haga todo. Al contrario,
hemos de poner los ojos en el Señor del amor y las manos en nuestras obras. “Queridos
hermanos, nos dice San Pedro, mientras esperan esto, procuren vivir de tal
manera que Él los encuentre en paz, sin mancha ni reproche” (2 Pd 3,14).
Es el grito de San Juan Bautista: “Preparen el camino del
Señor, allanen sus senderos” (Mc 1,3). Y al igual que los que le escucharon
junto al Jordán, nosotros también queremos convertirnos, confesar nuestros
pecados (Cf. Mc 1,4-5) y comenzar una vida nueva, una vida mejor siguiendo a
Cristo. De aquí, que el Adviento, nos invita a preguntarnos: ¿cómo he amado a
Jesús hasta ahora? ¿Qué obras concretas hago por Él? ¿Cuánto puedo sufrir por
su amor? ¿Qué puedo cambiar ahora y hacerlo durante este tiempo, para gloria de
Dios, bien de mis hermanos y salvación de mi alma?
Conclusión:
Con María santísima, con Abraham y el Bautista, le pedimos
al Señor que nos muestre su voluntad salvadora y su fuerza transformante, para
poder ser sus discípulos “de cuerpo entero”, “sin medias tintas”.