Homilía Domingo XXVIII Ciclo A

 

Apóstoles Católicos

 

Introducción:

Según del Código de Derecho Canónico, la ley suprema de la Iglesia debe ser siempre la salvación de las almas (Cf. CIC 1752). De hecho, como dice la Sagrada Escritura, Dios quiere que todos los hombres se salven (Cf. 1Tim 2,4). Ésta es la gran misión de la Iglesia y de cada bautizado.

 

  1. El deseo de Dios:

Ya lo decía el Antiguo Testamento, por ejemplo el profeta Isaías: “El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos” (Is 25,6). El mismo Señor Jesús, en su parábola dice: “Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren” (Mt 22,9).

Dios es el Buen Pastor que siempre nos acompaña con su bondad y misericordia, que no nos hace faltar nada de lo necesario para la salvación, que está a nuestro lado tanto en los días soleados como durante las negras tormentas…

Sin embargo, no siempre respetamos este deseo divino, no siempre el hombre lo acoge y deja fructificar: Algunos se excusan, otros maltratan a los que anuncian el llamado de Dios, otros, finalmente, aunque se acercan, no se preparan convenientemente (Cf. Mt 22, 1-14).

 

  1. Iglesia Católica:

Este deseo de Dios se refleja en la realidad de la Iglesia. Más aún, le ha dado su nombre: Católica significa “universal.”

Es Católica porque, como enseña el Catecismo, está enviada a todos los pueblos, buscando la salvación del mayor número de almas posible. También es Católica porque “anuncia la totalidad y la integridad de la fe; lleva en sí y administra la plenitud de los medios de salvación.” En definitiva, es universal puesto que Cristo está presente en Ella, actúa y salva por medio de Ella (Cf. CATIC Compendio 166).

Que esté enviada a todos no significa que le dé lo mismo una cosa que otra, puesto que, siguiendo la parábola evangélica, todos están llamados a un único banquete y tendrán que presentarse bien preparados y no de cualquier modo.

Por ser Católica, la Iglesia busca la salvación de todos… Anunciando la totalidad de la fe y la exigencia de la caridad, ofrece a todos los medios de salvación.

 

  1. La misión evangelizadora:

En esta misma línea, cada bautizado, según sus circunstancias, comparte la misión de acercar a Dios a los demás, de hacer “algo” por la salvación de sus hermanos. Así, el buen cristiano, no se conforma con su vida cristiana. Reza y suplica para que Dios toque el corazón de los más alejados; testimonia con su vida y sus obras el Evangelio de Jesucristo; une sus sufrimientos a los del Señor, por la conversión y salvación de los pecadores…

De este modo, todos podemos (y debemos) participar en ese gran deseo de Dios de que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim 2,3-4).

 

Conclusión:

Le pedimos a la Virgen nos ayude a ser fieles a nuestro bautismo, no sólo acercándonos nosotros a Dios cada vez más, sino también procurando que otros se acerquen a Él y se salven.

Homilía Domingo XXVII Ciclo A

 

Consejos espirituales

Introducción:

En la segunda lectura de este domingo, el Apóstol San Pablo (Cf. Flp 4,6-9) nos habla directamente al corazón, como un sabio padre espiritual. En realidad -como sucede en toda la Biblia-, es el mismo Dios quien nos habla. En este caso, dándonos una serie de importantísimos consejos de vida cristiana.

Se nos habla de evitar la angustia, de practicar la oración, de vivir en paz, de buscar el bien, de ser coherentes y de vivir en la presencia de Dios. Consejos que nos sirven a todos, siempre, para crecer en nuestra relación con Cristo Jesús.

 

La alegría del corazón:

En primer lugar, como adivinando las muchas angustias que nos aquejan, la divina palabra nos dice: “No se angustien por nada”. Aunque humanamente podamos pensar que tenemos sobrados motivos para angustiarnos, San Pablo es firme: “No se angustien por nada”. En este sentido, conviene recordar algunos de los motivos que tenemos para no dejarnos vencer por la tristeza, el desaliento y la angustia.

En primer lugar, la Divina Providencia. Dios tiene un plan de salvación. Dios quiere nuestra eterna felicidad. En dicho plan, aunque nosotros lo desconocemos, todo tiene su lugar, su sentido, su importancia. San Pablo, en otro lugar, decía: “Todo sucede para el bien de los aman a Dios” (Rm 8,28).

Además, en toda circunstancia podemos recurrir al Señor, Él siempre está presente y su presencia nos alienta, nos ilumina, nos sostiene, nos guía: “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

Finalmente, el mismo Señor ha prometido que aquellos que buscan primero su Reino encontrarán todo lo necesario para la vida. De allí que inútilmente se angustia el creyente:Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura” (Mt 6,33).

 

Recurran a la oración:

 En segundo lugar, se nos recuerda la importancia capital que tiene la oración: “Y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios.”

Dios quiere que compartamos con él nuestra vida mediante la oración. En ella, conocemos a Dios y su voluntad, aprendemos a vivir según Dios, crecemos en la virtud. En cuanto a la acción de gracias, un de los Santos Padres enseñaba que dar gracias por lo adverso es signo de un alma generosa (Cf. San Juan Crisóstomo).

 

La paz verdadera:

En tercer lugar se nos habla de la paz: “La paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús.”

A diferencia de la falsa paz de este mundo, la paz de Dios es hija de la gracia y de la caridad. Es un don divino que reciben aquellos que viven unidos a Dios, aquellos que tienen su corazón en las manos divinas. Dicha gracia nos sobrepasa, nos transforma, nos eleva. Más aún,  nos ilumina y nos impulsa. Nos ilumina la mente con la fe y nos impulsa mediante la caridad. De este modo, aprendemos a pensar como Dios y a amar como Él.


Buscar el bien:

En cuarto término, se nos invita a reflexionar y practicar toda obra buena: “Todo lo que es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable y digno de honra, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza, debe ser el objeto de sus pensamientos.”

Siempre será importante recordar la necesidad de la meditación. Esa meditación que nos lleva a ponernos en la presencia de Dios y pensar en sus cosas, en sus enseñanzas, en todo aquello que necesitamos para ser buenos cristianos. Es necesario meditar cada día, por ejemplo, en el amor de Dios, en las virtudes, en los sacramentos, en los mandamientos… También debemos meditar en nuestra vida cotidiana a la luz de Dios: ¿Qué quiere Dios de mi trabaja, de mi familia, de mi descanso? ¿Cómo puedo evangelizar el deporte, la política, el ambiente donde me muevo habitualmente?

Esta meditación continua nos ayudará a conseguir la unidad de Dios, es decir, a vivir todo de cara a Dios, tanto lo más sagrado como lo trivial, cotidiano, rutinario de nuestra existencia.

 

Coherencia de vida:

Luego, “pongan en práctica lo que han aprendido y recibido, lo que han oído y visto en mí.”

Es importante, primero, conocer y vivir según las Escrituras. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento tenemos abundante alimento para nuestro crecimiento espiritual.

En segundo lugar, para nuestra coherencia de fe, nos es de gran utilidad conocer la vida de los Santos. El mismo San Pablo se pone como ejemplo. Son ellos los que nos alientan, los que nos animan, los que nos han marcado el camino que nosotros, a nuestro modo, debemos recorrer.

 

La presencia de Dios:

Finalmente, lo más importante: “Y el Dios de la paz estará con ustedes.”

La presencia de Dios en el alma es lo que nos transforma profunda y verdaderamente. Por la gracia, Dios habita de un modo especial en el corazón creyente. Esta presencia es la fuente de toda vida cristiana.

Dios, presente en nuestro corazón, es el que nos da alegría, luz, fortaleza… Esa presencia es, en definitiva, un preludio de la Vida Eterna. En el Cielo, estaremos con Dios sin la oscuridad de la fe.

A nuestra Madre le pedimos esta gracia.

Homilía Domingo XXVI Ciclo A

 

Un llamado para todos

 

Introducción:

Nuestra vida cristiana, en todo su desarrollo, tiene algunas características constantes. Siempre, el cristiano, por ejemplo, deberá renovar en su interior, el deseo profundo y eficaz de conversión.

 

  1. La conversión, obra de Dios:

Dios quiere que el malvado se aparte del mal que ha cometido, para practicar el derecho y la justicia, de tal modo que así preserve su vida (Cf. Eze 18,27). Versículos más arriba, decía Dios por medio del mismo profeta: “¿Acaso deseo Yo la muerte del pecador –oráculo del Señor– y no que se convierta de su mala conducta y viva?” (Eze 18,23).

Dios quiere siempre nuestra vida y salvación. Por esto, quiere nuestra continua conversión, como el primero de los hijos del Evangelio que, aunque le dice que no, rechazando la voluntad paterna, luego se arrepiente y actúa conforme a las palabras de su Padre. Esta actitud de conversión no se agota sólo en cuanto a las obras exteriores, sino que “es el movimiento del "corazón contrito" (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cf Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cf 1 Jn 4,10)” (CATIC 1428).

Conversión es metanoia, es decir, un cambio de mente, un cambio interior, cuando el corazón humano ya no quiere darle la espalda al Señor y se encamina hacia Él.

 

  1. Primera conversión:

Jesús, desde el comienzo de su misión, dirige esta llamada apremiante, que es parte esencial de su anuncio: “"El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1,15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio” (CATIC 1427).

Los más alejados, los que no creen en Dios o viven como si Dios no existiera, son los primeros destinatarios de este mensaje. La llamada a la fe es, a su vez, una invitación a convertir corazón y vida al Señor.

 

  1. Conversión continua:

Pero también nosotros, los discípulos del Señor, necesitamos escuchar constantemente este llamado. La conversión es, según la Iglesia, una “tarea ininterrumpida” (CATIC 1428). Siempre necesitamos revisar nuestra vida, examinar nuestras intenciones, para rectificar el camino.

De ahí que con el salmista, cada uno de nosotros puede hacer propia su oración: “Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos. Guíame por el camino de tu fidelidad” (Sal 24/25,4-5).

La continua conversión, también es necesaria porque nuestro fin es tremendamente elevado. Dios quiere que lo imitemos, lo cual se realiza cuando imitamos a Jesús, como lo desea el Apóstol: “Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Fil 2,5).

Así nos damos cuenta que este camino de conversión no sólo es algo permanente, sino que además, es una propuesta fascinante.

 

Conclusión:

Le pedimos a la Virgen nos ayude en este proceso de la vida cristiana para que, también nosotros podamos ayudar a los que están más lejos de Dios a acercarse a Él.

Homilía Domingo XXV Ciclo A

 

Jornaleros del Reino en el mundo

 

Introducción:

Todos los bautizados somos hijos de Dios, hermanos de Cristo, templos del Espíritu Santo. Pero también, todos los bautizados somos “jornaleros”, todos, cada uno según su vocación, somos servidores del Reino. A cada uno de nosotros el Señor nos llama a colaborar en su obra de amor y salvación.

 

  1. Llama a todos:

Con el bautismo y la confirmación, todos los cristianos estamos llamados a colaborar en el Reino de Dios, a trabajar en la viña de Nuestro Señor Jesucristo. Todos tenemos, en la Iglesia, no sólo un lugar importante, sino también una misión particular que realizar.

En la medida en que la hacemos por Dios y en nombre de la Iglesia, nuestra Madre, nos hacemos sus ojos, manos o pies, para que ella actúe en el mundo. En este sentido, no sólo los sacerdotes y consagrados colaboran con la obra del Señor, sino también los laicos, tienen un cometido específico.

 

  1. La misión de los laicos:

En este sentido, bien nos podemos preguntar cuál es la obra que Dios quiere para los cristianos laicos. Así, nos lo enseña el Catecismo: “Los fieles laicos tienen como vocación propia la de buscar el Reino de Dios, iluminando y ordenando las realidades temporales según Dios. Responden así a la llamada a la santidad y al apostolado, que se dirige a todos los bautizados” (CATIC Compendio 188).

Dicho de forma sencilla, Dios quiere llegar, con su sabiduría salvadora y con su amor que todo lo transforma, a todos los rincones de la sociedad. Quiere llegar a las escuelas, a los hospitales, a los estudios jurídicos, universidades, al ámbito de la política, el arte, el deporte… Para ello cuenta con los católicos que allí desarrollan sus vidas. ¡Ésta es la misión del laico! Como la levadura que, en medio de la masa, la transforma y hace elevar.

Para esto, el fiel laico, necesita una profunda vida de fe, en la cual, oración y acción se conjuguen armoniosamente para que, lo que recibe de Dios mediante sus momentos de oración, lo transmita a los demás con su acción y testimonio.

 

  1. El triple oficio:

En esta misión, el laico tiene una especial participación en el triple oficio (munus) de Cristo Salvador. A su modo, cada cristiano, colabora con la obra de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey.

“Los laicos participan en la misión sacerdotal de Cristo cuando ofrecen como sacrificio espiritual «agradable a Dios por mediación de Jesucristo» (1 P 2, 5), sobre todo en la Eucaristía, la propia vida con todas las obras, oraciones e iniciativas apostólicas, la vida familiar y el trabajo diario, las molestias de la vida sobrellevadas con paciencia, así como los descansos físicos y consuelos espirituales. De esta manera, también los laicos, dedicados a Cristo y consagrados por el Espíritu Santo, ofrecen a Dios el mundo mismo” (CATIC Compendio 189).

“Los laicos participan en la misión profética de Cristo cuando acogen cada vez mejor en la fe la Palabra de Cristo y la anuncian al mundo con el testimonio de la vida y de la palabra, mediante la evangelización y la catequesis. Este apostolado «adquiere una eficacia particular porque se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo» (Lumen Gentium 35)” (CATIC Compendio 190).

“Los laicos participan en la misión regia de Cristo porque reciben de Él el poder de vencer el pecado en sí mismos y en el mundo, por medio de la abnegación y la santidad de la propia vida. Los laicos ejercen diversos ministerios al servicio de la comunidad, e impregnan de valores morales las actividades temporales del hombre y las instituciones de la sociedad” (CATIC Compendio 191).

 

Conclusión:

Pidamos a la Virgen Inmaculada, colaboradora de la Palabra encarnada, nos dé a cada uno de nosotros, la fortaleza y el entusiasmo para trabajar en la viña de nuestro amado Padre Dios, según la misión propia que el Señor ha pensado para cada uno de nosotros.

Homilía Domingo XXIV Ciclo A

 

Perdonar y ser perdonados

 

Introducción:

La misericordia vence en el juicio (Cf. Sant. 2,13). Es un llamado más a que procuremos hacer el bien, sobre todo, practicando la misericordia a imitación de Nuestro Señor.

 

  1. El perdón del Señor:

Ante todo, dirigimos nuestra mirada a Dios y vemos su Corazón misericordioso, que sabe perdonar: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia” (Responsorio del salmo); “Él perdona todas tus culpas y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de amor y de ternura” (Sal 102/103,3-4).

Dios es como ese Rey que, con justicia, quiere arreglar las deudas con sus servidores. Pero que escucha los ruegos, atiende el corazón arrepentido y perdona. Tan grande es su amor misericordioso que, a su vez, quiere que su perdón engendre perdón.

Así, innumerables Santos -entre ellos los mártires-, han sido capaces de perdonar muchísimo mal hecho contra ellos. Recordemos al cardenal Van Thuan, obispo vietnamita, prisionero de los comunistas durante muchos años. Con su entrega, convertía a sus propios carceleros. Incluso uno, arriesgándose, le dejó tener una cruz de madera escondida. Recordemos a la mártir Santa María Goretti muriendo con el perdón en sus labios. Pensemos en el acto de perdón realizado por San Juan Pablo II a su propio agresor.

 

  1. Perdón y venganza:

Dios perdona, Dios quiere nuestro perdón: “Perdona, dice el Eclesiástico, el agravio a tu prójimo” (Eclo 28,2), “acuérdate de los mandamientos, y no guardes rencor a tu prójimo; piensa en la Alianza del Altísimo y pasa por alto la ofensa” (Eclo 28,7).

Finalmente, como sabia maestra espiritual, la Escritura nos da un atinado consejo: “Evita los altercados y pecarás mucho menos” (Eclo 28,8).

También nos recuerda: “El hombre vengativo sufrirá la venganza del Señor, que llevará cuenta exacta de todos sus pecados” (Eclo 28,1).  Y como anticipando la parábola del Evangelio, nos enseña: “Si un hombre mantiene su enojo contra otro, ¿cómo pretende que el Señor lo sane? No tiene piedad de un hombre semejante a él ¡y se atreve a implorar por sus pecados!” (Eclo 28,3-4).

 

  1. Un camino posible para todos: El perdón hecho oración:

Queda claro entonces que, para recibir el perdón de Dios, nosotros mismos debemos perdonar a nuestros hermanos:

Al pedir a Dios Padre que nos perdone, nos reconocemos ante Él pecadores; pero confesamos, al mismo tiempo, su misericordia, porque, en su Hijo y mediante los sacramentos, «obtenemos la redención, la remisión de nuestros pecados» (Col 1, 14). Ahora bien, nuestra petición será atendida a condición de que nosotros, antes, hayamos, por nuestra parte, perdonado” (CATIC Compendio 594).

La misericordia penetra en nuestros corazones solamente si también nosotros sabemos perdonar, incluso a nuestros enemigos. Aunque para el hombre parece imposible cumplir con esta exigencia, el corazón que se entrega al Espíritu Santo puede, a ejemplo de Cristo, amar hasta el extremo de la caridad, cambiar la herida en compasión, transformar la ofensa en intercesión. El perdón participa de la misericordia divina y es una cumbre de la oración cristiana” (CATIC Compendio 595).

En este camino de la misericordia que perdona, en el cual, pueden suceder acontecimientos muy difíciles, sin embargo, siempre se podrá recurrir a la oración. Esta es una herramienta siempre a mano. Quizás no siempre sean posible otros gestos de perdón más expresivos, pero siempre podrá estar la oración. No sólo la meditación del amor de Dios para que nos ayude a perdonar, sino también la intercesión por aquellos que nos han hecho sufrir; ésta oración ya es una forma de perdón: “Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores” dice Nuestro Señor (Mt 5,44).

 

Conclusión:

Suplicamos a Nuestra Madre del Cielo nos ayude a tener los mismos sentimientos que tiene el Sagrado Corazón de su Hijo.

Homilía Domingo XXIII Ciclo A

 

Misericordia y verdad

 

Introducción:

En la vida de un verdadero cristiano, van creciendo todas las virtudes juntas, porque se relacionan, porque la obra de Dios en nuestro corazón es ordenada. Por esto, en un auténtico cristiano, se unen características que, para un no creyente, pueden parecer difícilmente reconciliables. El seguidor de Cristo es justo y misericordioso, exigente y paciente, prudente y fuerte, magnánimo y humilde… también une en su vida el amor y la verdad.

 

  1. Lo más grande es el amor:

Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (cf. Is 58,6-7; Hb 13,3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporal consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cf Mt 25,31-46). Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres (cf Tb 4, 5-11; Si 17,22) es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios (cf Mt 6,2-4)” (CATIC 2447).

En algunas ocasiones, la misericordia se ejercita diciendo la verdad aunque no sea tan agradable escucharla…

 

  1. La corrección fraterna:

Es el caso de la corrección del hermano. Dentro de las diversas obras de misericordia, “la corrección es un bien y un servicio que se hace al prójimo. Pero aquí también hay reglas del juego, y hemos de tenerlas muy en cuenta para practicar cristianamente estos consejos de nuestro Señor. Veamos algunas de ellas.

La primera es que, antes de corregir…, debemos estar muy atentos nosotros para no faltar o equivocarnos en aquello mismo que corregimos a los demás; y, por tanto, el que corrige -ya se trate de un maestro, de un educador y, con mayor razón, de un padre o madre de familia- debe hacerlo primero con el propio testimonio de vida y ejemplo de virtud y después también podrá hacerlo con la palabra y el consejo. Nunca mejor que en estas circunstancias hemos de tener presente el sabio proverbio popular de que "las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra". Las personas –sobre todo los niños, los adolescentes y los jóvenes– se dejan persuadir con mayor facilidad cuando ven un buen ejemplo que cuando escuchan una palabra de corrección o una llamada al orden.

La segunda regla es que, al corregir, hemos de ser muy benévolos y respetuosos con las personas, sin humillarlas ni abochornarlas jamás, y mucho menos en público…” (Autor: P. Sergio A. Cordova LC | Fuente: Catholic.net).

Nuestro ejercicio de amor comenzará, ante todo, con la oración, que nos hace elegir los mejores caminos para hacer el mayor bien a nuestros hermanos. También le pedimos a Dios la gracia para ser escuchados. Requiere luego, mucha paciencia.

 

  1. Profeta de los caminos:

Otra forma de misericordia, parecida a la corrección fraterna es la misión del profeta. Principalmente, éste tiene el cometido de mostrar el buen camino, de alentar y animar a transitarlo. Pero también, cuando sus hermanos se equivocan de senda, tendrá que advertir, pues el silencio de quien ve aproximarse un peligro es culpable: “si tú no hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre” (Eze 33,8).

Por eso, la Iglesia anuncia el camino de salvación, el poder infinito de la misericordia divina que siempre está dispuesta a perdonar y transformar el corazón arrepentido. Con la misma claridad, también anuncia los peligros, los errores, los caminos que nos alejan de Dios…

El mismo San Pablo ya lo enseñaba: el camino del amor es el de los mandamientos: “los mandamientos: No cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquier otro, se resumen en este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Rm 13,9). Todos los mandamientos constituyen el camino del amor, inclusive aquellos que más nos cuestan, que no entendemos del todo o que están muy alejados a los modos de pensar del mundo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”

 

Conclusión:

Le pedimos a Nuestra Madre la gracia de que “viviendo en la verdad y en el amor, crezcamos plenamente, unidos a Cristo” (Ef 4,15).

Homilía Domingo XXII Ciclo A

 

Seguir al Señor

 

Introducción:

Con la fe en el Hijo único de Dios hecho hombre, somos verdaderos cristianos. Esta fe incluye un fiel y comprometido seguimiento del Señor. Por lo tanto, la vida de fe implica que Jesús sea el centro de nuestra existencia, a quien sigamos con libertad llevando nuestra cruz.

 

  1. Centralidad:

Ya que somos cristianos porque nos hemos encontrado con el Señor (Cf. DCE 1), “Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con Él ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales” (CATIC 1618).

Esto mismo constituye la experiencia del salmista que se trasluce en su oración: “mi alma tiene sed de Ti, por Ti suspira mi carne como tierra sedienta, reseca y sin agua.

En una sociedad alejada de Dios, que pareciera cada vez más no necesitar de Él, debemos pedirle al Señor la gracia de estar totalmente orientados hacia Él, que lo busquemos verdaderamente, con ansias y fidelidad.

Nos podríamos preguntar: ¿Es Cristo el centro de la sociedad actual? Pero debemos hacernos una pregunta más importante: ¿es Cristo el centro de mi vida?

 

  1. Libertad:

Para que esto sea realidad, Dios no deja de buscarnos y llamarnos con su gracia. Sin embargo, es responsabilidad nuestra responder. Así, el gran profeta Jeremías lo expresaba diciendo: “Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir” (Jer 20,7). Dios nos seduce, nos invita por diversos modos a entrar en intimidad con Él; nosotros somos libres para responder.

Por tanto, debemos meditar en nuestra libertad… ¿cómo la usamos? ¿Somos realmente libres para seguir al Señor o somos esclavos de nosotros mismos, de nuestros miedos, caprichos, desórdenes? ¿Qué le mezquinamos a Él?

 

  1. Negación y seguimiento:

Todos podemos seguir al Señor con nuestra libre aceptación del llamado divino. Seguirlo implica, negarse a uno mismo y cargar la cruz. Negarse significa poder decir que no a todas las inclinaciones al pecado que tenemos en nuestro propio corazón. El mismo Jesús nos enseñó con claridad que “del corazón salen las malas intenciones, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las difamaciones” (Mt 15,19). Es necesario morir a todo eso, luchar contra el pecado, corregir la dirección de nuestra vida.

A esto se une el cargar la cruz, que no es simplemente sufrir, sino sufrir como Cristo, quien, aceptando la cruz, la abrazó, la besó, la cargó sobre sus hombros y murió en ella para nuestra salvación. El sufrimiento aceptado y ofrecido colabora con la redención del mundo.

San Pablo lo dice claramente: “yo los exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios: este es el culto espiritual que deben ofrecer. No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (Rm 12,1-2).

Conclusión:

Le suplicamos a la Virgen, Madre Nuestra, nos conceda la decisión de seguir al Señor de cerca.

Homilía Domingo XXI Ciclo A

 

Nuestra fe

 Introducción:

El Evangelio no sólo nutre nuestro corazón con el ejemplo de la vida de nuestro Señor, que es, sin duda, lo más importante, sino que además, nos ofrece diversos modelos de seguimiento de Cristo, al narrarnos la vida de sus primeros discípulos y amigos. En este caso nos presente el ejemplo del primer Papa.

 

  1. Lo central de la fe:

Mientras Jesús iba predicando por diversos lugares, se detuvo en la región de Cesarea de Filipo. Allí, en medio de un diálogo con los suyos, como habrá ocurrido a menudo, se nos ofrece un gran modelo para crecer en nuestra fe.

En primer lugar, es necesaria una gran cercanía con el Señor. La gente, en su respuesta sobre Cristo, veía algo de la grandeza del Señor pero no llegaba a adentrarse en el misterio: el Bautista, Jeremías, algún profeta. Es uno de sus íntimos, el que acierta: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16).

Esta cercanía, que es espiritual, se vive en la asiduidad de escuchar y leer la Palabra de Dios con un corazón atento, en acercarnos a los sacramentos con devoción y bien preparados, en el esfuerzo continuo en crecer en la oración, en las obras de misericordia para con el prójimo por Dios… De este modo permanecemos cercanos al Señor.

En ese contexto podemos escuchar su pregunta, la más importante y central: ¿Quién soy para ti? “El Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Respuesta que no es sólo verbal sino operante. Porque si creemos que Él es Dios, tendrá el primer lugar, no sólo hoy, sino siempre, indiscutiblemente. La pregunta siempre sigue siendo importante: ¿Creo sinceramente que Jesús es Dios?

Esta es la fe, que no viene de la carne y la sangre, sino del Padre celestial, capaz de hacernos felices, incluso cuando nos visita la noche del dolor, porque nos permite experimentar la cercanía de Dios que tanto nos ama y nos cuida.

 

  1. La perenne misión de Pedro:

El Santo Apóstol Pedro, además de enseñarnos con su ejemplo, nos enseña con su doctrina, ya que por su fe, recibió una misión especial. En la figura que nos presenta Isaías, podemos ver algo del misterio petrino. El profeta anuncia a uno que será padre para el pueblo de Dios (Cf. Is 22,21) y que participará de tal modo en el poder de Dios que “lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá” (Is 22,22).

Por esto, para comprender rectamente lo que la Palabra de Dios quiere decir en la Biblia, hemos de leerla a la luz de la enseñanza del Magisterio de la Iglesia: “La interpretación auténtica del depósito de la fe corresponde sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, es decir, al Sucesor de Pedro, el Obispo de Roma, y a los obispos en comunión con él. Al Magisterio, el cual, en el servicio de la Palabra de Dios, goza del carisma cierto de la verdad, compete también definir los dogmas, que son formulaciones de las verdades contenidas en la divina Revelación; dicha autoridad se extiende también a las verdades necesariamente relacionadas con la Revelación” (CATIC Compendio 16).

En este sentido, “Escritura, Tradición y Magisterio están tan estrechamente unidos entre sí, que ninguno de ellos existe sin los otros. Juntos, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente, cada uno a su modo, a la salvación de los hombres” (CATIC Compendio 17).

 

  1. Nuestra fe:

La divina Palabra, con la figura del Santo Apóstol Pedro, nos enseña a imitarlo en su actitud de fe y en escuchar su voz que sigue resonando en el Papa, su sucesor, cuando, como Pastor de toda la Iglesia que es, nos enseña la fe y la moral cristianas, la verdad del Evangelio que no cambia.

Pero además, nuestra vida de fe, si quiere ir creciendo, “acoge la Revelación divina, la comprende cada vez mejor y la aplica a la vida” (CATIC Compendio 15). Decirle que sí, como San Pedro, a Jesús, esforzarse por conocer las realidades que esta fe nos muestra y llevarla a las obras, es el camino de nuestra madurez como creyentes.

 

Conclusión:

Nos encomendamos a la Virgen Santísima para que con una vida de profundo encuentro con el Señor, nuestra existencia se vaya transformando y testimoniando que somos verdaderos creyentes del Dios único.

Homilía Domingo XX Ciclo A

 

La influencia de la fe

 

Introducción:

La fe es una luz capaz de iluminar toda la existencia humana. De ahí que sea tan importante esta virtud. Su influencia, entonces, es tan grande que llega a toda nuestra realidad, tanto en el plano individual como comunitario, más aún, está llamada a transmitirse a todos, incluso los más alejados.

 

  1. Una respuesta individual:

La mujer cananea del Evangelio, nos enseña con su ejemplo que, la fe, ante todo, es una respuesta propia, individual. El don de Dios es para cada uno, aunque en ciertas ocasiones pareciera que quiere pasar de largo. Cuando esto sucede, la verdadera fe nos impulsa a superar las dificultades y responder al Señor como Él espera de nosotros.

Esta hermosa virtud nos ayuda a insistir, a confiar y superar las aparentes negativas, a gritarle al Señor para ser atendidos. La fe siembra en el corazón la certeza de ser escuchados y, por eso, la insistencia y la perseverancia en recurrir al Señor, aunque parezca no oírnos o que sus tiempos no son los nuestros.

Al apoyarse en la bondad de Dios, al convencerse de su amor infinito, la fe nos hace superar los vaivenes de la vida, las oscilaciones de nuestros propósitos, las sacudidas de las tentaciones para afirmarnos en el seguimiento de Jesús. Sólo una fe robusta y madurada en la oración, los sacramentos y las buenas obras podrá vencer al mundo (Cf. 1 Jn 5,4).

 

  1. En la Iglesia:

La fe, como hemos visto, es “un acto personal en cuanto es respuesta libre del hombre a Dios que se revela. Pero, al mismo tiempo, es un acto eclesial, que se manifiesta en la expresión «creemos», porque, efectivamente, es la Iglesia quien cree, de tal modo que Ella, con la gracia del Espíritu Santo, precede, engendra y alimenta la fe de cada uno: por esto la Iglesia es Madre y Maestra. «Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por Madre» (San Cipriano)” (CATIC Compendio 30).

De ahí que en el crecimiento de nuestra propia fe sea muy importante la fe de la Iglesia. Para vivirla, para acrecentarla y para conocerla. Como no se pueda vivir lo que no se ama y no se pueda amar lo que no se conoce, es importantísimo conocer nuestra fe: “Las fórmulas de la fe son importantes porque nos permiten expresar, asimilar, celebrar y compartir con los demás las verdades de la fe, utilizando un lenguaje común” (CATIC Compendio 31).

“La Iglesia, aunque formada por personas diversas por razón de lengua, cultura y ritos, profesa con voz unánime la única fe, recibida de un solo Señor y transmitida por la única Tradición Apostólica. Profesa un solo Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo– e indica un solo camino de salvación. Por tanto, creemos, con un solo corazón y una sola alma, todo aquello que se contiene en la Palabra de Dios escrita o transmitida y es propuesto por la Iglesia para ser creído como divinamente revelado” (CATIC Compendio 32). Más aún en estos tiempos en que muchas realidades, tanto naturales como sobrenaturales, están puestas en duda, necesitamos recurrir constantemente, con un corazón humilde, a las enseñanzas de la Iglesia de siempre y dejarnos iluminar por su luz.

De este modo, el cristiano, aunque viva en un mundo muy confundido, puede estar seguro de encontrar la verdad que nos hace libres y que nos salva en la Palabra de Dios y en las enseñanzas del Catecismo de la Iglesia.

 

  1. Para el mundo entero:

Finalmente, esta fe individual y, a la vez, comunitaria, como don del único Salvador, es también universal. Por esto, nos impulsa, por su propia naturaleza a transmitirla a los demás, sobre todo a los que están más alejados de Dios. Nuestra fe, es así, misionera.

Ya el profeta Isaías lo veía: “a los hijos de una tierra extranjera… Yo los conduciré hasta mi santa Montaña” (Is 56,6-7). “Porque Dios sometió a todos a la desobediencia, para tener misericordia de todos” (Rm 11,32).

Como Dios quiere que todos los hombres se salven, la fe que pone en nuestro corazón nos impulsa a iluminar a los demás. Si somos pocos los que nos acercamos a Dios, misión nuestra es que otros, muchos otros, puedan ser iluminados, por la luz del Señor a través de nosotros.

Con nuestra oración incesante, con el ejemplo humilde de nuestra vida de fe, con nuestra alegría fruto de la confianza en Dios, con nuestros sacrificios ofrecidos en lo escondido al Padre que nos ve (Cf. Mt 6,18), con nuestra perseverancia hasta el final… somos una pequeña, pero potente, luz en este mundo a oscuras

 

Conclusión:

Le pedimos a la Virgen que nos de la valentía de darle al Señor el lugar que se merece en nuestra vida con una respuesta que, al menos, tienda a estar a la altura del don de Dios.

Homilía en la Solemnidad de la Asunción de María

 

Asunción de María

 

Introducción:

En la Pascua decimos, llenos de alegría: “Aleluya, Cristo ha resucitado.”

Nos alegramos por Él. También por nosotros. Ya que, si estamos unidos a Él, su victoria es nuestra victoria.

 

  1. La victoria de Cristo:

San Pablo decía: “¡Demos gracias a Dios, que nos ha dado la victoria por nuestro Señor Jesucristo!” (1 Cor 15,57). Nuestro Señor ha vencido a la muerte y al pecado. Ha vencido las tentaciones, ha resucitado, ha salido del sepulcro.

Desde el Cielo, no sólo nos espera, sino que también nos ayuda a luchar y a vencer. Es importante que meditemos en la obra que Él quiere hacer en nosotros y en el modo cómo, en medio de las luchas de este mundo, nosotros podemos comunicarnos con el Cielo para recibir la fuerza de lo Alto.

 

  1. Gloria de María:

“"La Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo y enaltecida por Dios como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte" (LG 59; cf. Pío XII, Const. apo. Munificentissimus Deus, 1 noviembre 1950: DS 3903).

La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos” (CATIC 966). En Ella, vemos un anticipo de nuestra propia resurrección. Nos ayuda a no olvidar, por un lado, que nuestra vida no se acaba sino que se transforma. Por otro, que nuestra alma no vaga de un lado a otro, de un cuerpo a otro, sino que después de una vida sola aquí en la tierra, deberá comparecer ante el tribunal de Dios.

También nos enseña cómo debemos prepararnos para que, después de ese tribunal, podamos evitar el infierno y llegar al Cielo. El camino es la voluntad de Dios: “Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 11,28). Estar en diálogo con Dios, escucharlo y obedecerlo será el camino seguro para nuestra salvación.

 

  1. Unidos al Cielo:

En este gran desafío de cumplir la voluntad de Dios, necesitamos la fuerza de lo Alto. Gracia a la Liturgia, sobre todo en la misa, nos unimos al Cielo: “Toda la asamblea se une entonces a la alabanza incesante que la Iglesia celestial, los ángeles y todos los santos, cantan al Dios tres veces santo” (CATIC 1352).

La santa misa es el acto de adoración más importante que tributamos a Dios y el que más nos santifica a nosotros, por lo cual “es la cumbre hacia la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de la que emana su fuerza vital. A través de la liturgia, Cristo continúa en su Iglesia, con ella y por medio de ella, la obra de nuestra redención” (CATIC Compendio 219).

Para poder caminar con paso firme en la tierra, necesitamos continuamente acercarnos a esta ventana abierta al Cielo, que es la santa misa.

 

Conclusión:

Le pedimos a Nuestra Madre nos ayude a caminar, con paso firma, hacia donde Ella misma nos espera junto a Dios.

Homilía Domingo XIX Tiempo Ordinario Ciclo A

 

La fe que escucha, confía y obra

 

Introducción:

“Creer en Dios significa para el hombre adherirse a Dios mismo, confiando plenamente en Él y dando pleno asentimiento a todas las verdades por Él reveladas, porque Dios es la Verdad” (CATIC Compendio 27).

 

  1. Escuchar:

En primer lugar, “voy a escuchar lo que dice el Señor” (Sal 84/85,9), exclaman, con el salmista, todos los que creen.

“Vino un huracán tan violento que descuajaba los montes y hacía trizas las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego.

Después del fuego, se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada de la cueva” (1Rey 19,11-13).

La fe es una escucha suave, una escucha silenciosa. Porque Dios nos habla, muchas veces, sin manifestaciones extraordinarias. Nos habla mediante la Sagrada Escritura, mediante la Iglesia, nos habla en la oración, en las circunstancias de nuestra vida.

Tenemos que aprender, siempre, a escuchar a Dios, incluso cuando nos dice algo que nos cuesta, cuando nos enseña algo contrario a lo que pensamos nosotros o los demás, a lo que está de moda.

Actualmente, en el mundo se escuchan muchas voces contrarias a lo que enseña Dios. La fe nos hace posible aceptar esa luz que viene de lo Alto, para que no equivoquemos el camino. No podemos permitir que lastimen nuestra fe, porque “cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre” (PAPA FRANCISCO, LF 4)

 

  1. Confiar:

Gracias a la fe, podemos escuchar a Dios con confianza. Tanto San Pedro como Elías, al conocer la bondad de Dios, confiaban en Él. El antiguo profeta, al escuchar que debía salir de la cueva, se preparó para salir apenas llegara el mensaje de Dios. El apóstol, se animó a caminar sobre las aguas porque Cristo se lo mandó.

Ambos, con su ejemplo, nos muestran esta característica de la fe: la confianza. Al saber que Dios es infinitamente bueno, admirablemente sabio y todopoderoso, confiamos en que sus palabras siempre son buenas, verdaderas y posibles para nosotros.

De este modo, nos confiamos en Él incluso cuando no entendemos, no vemos, no sentimos, ya que creemos que Él no puede engañarnos.

 

  1. Obrar:

Finalmente, el que cree verdaderamente, vive lo que cree, lo que escucha confiado en Dios. Toda la existencia humana queda transformada por la voz divina. El primer Papa escuchó a Jesús y se adentró en el mar. Tuvo fe y obedeció. Pero también nos enseña que no es fácil, que podemos experimentar nuestra debilidad y necesitar suplicarle al Señor que nos ayude.

San Pedro, al ver la fuerza de las olas, comenzó a hundirse. También a nosotros nos sucede que, por la fuerza de las dificultades, la violencia del mal, nuestra fe se hunde. Ahí entonces tendremos que volver nuestra mirada al Señor Jesús, reafirmar nuestra fe rezando y pidiendo su auxilio.

Aunque nos cueste vivir la fe, no podemos hundirnos, sino que, con la ayuda divina, volviendo a confiar en Él y escuchar su voz, debemos volver a la seguridad de la barca.

 

Conclusión:

Le pedimos a la Virgen fiel, interceda para que al confiar en Dios podamos escuchar siempre su voz amante, aunque nos cueste poder vivirla.

Homilía Domingo XVIII Tiempo Ordinario Ciclo A

Conocer y amar a Cristo

 Introducción:

“¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?” Esa es la pregunta de un cristiano verdadero. Pensemos que, San Pablo, quien la escribió, antes fue un perseguidor de Cristo, hasta que se encontró real y profundamente con Él. Desde aquel momento, su vida cambió.

“¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?” nos queremos preguntar, hoy, nosotros. Para eso hay que amar entrañablemente al Señor, para lo cual hay que conocerlo.

 

  1. Los misterios de la vida de Cristo

El Evangelio nos narra diversos aspectos de la vida de nuestro Señor. De allí que para conocerlo, sea tan importante el trato íntimo con Dios mediante la lectura y meditación de su Palabra. El fragmento de San Mateo que meditamos este domingo, nos describe diversas actitudes de Jesús. Ante la muerte del Bautista toma la decisión de alejarse de allí; buscó estar tranquilo; al ver la multitud se compadeció de ella; hizo el milagro de curar a varios enfermos; finalmente realizó la multiplicación del pan y los pescados.

A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que “en Él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2, 9). Su humanidad aparece así como el “sacramento”, es decir, el signo y el instrumento de su Divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora” (CATIC 515).

 

  1. Conocer a Cristo:

Al leer profundamente el Evangelio, con un espíritu de fe, vemos en cada gesto del Señor, sea grande o pequeño, la inmensidad del amor divino: ““Todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el día en que… fue llevado al cielo” (Hch 1, 1-2) hay que verlo a la luz de los misterios de Navidad y de Pascua” (CATIC 512). Hay que verlo como signos de su Divinidad y de su misión de salvación.

En cada gesto, cada hecho y dicho del Señor, vemos a Dios, que nos salva. Justamente esto significa el nombre de Jesús (“Yahveh es salvación”). Al conocer a Jesús, conocemos al Padre y su voluntad de hacernos eternamente felices. En este sentido, cabe recordar entre otros, a uno de los grandes apóstoles del Santo Rosario, Santo Domingo de Guzmán, quien se dedicó a hacer conocer la vida de Cristo mediante esta bella e importantísima oración. Conocer a Cristo es conocer todo lo que Dios quiso revelarnos. También San Ignacio de Loyola nos alienta, en sus Ejercicios Espirituales, a tener una íntima experiencia del Señor, un encuentro tan profundo en la fe que nada nos pueda apartar de Él.

 

  1. Amar a Cristo:

De ahí la pregunta de San Pablo: “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?” (Rm 8,35). Si conocemos profundamente al Señor, podremos amarlo intensamente. Ese es el amor que Dios quiere darnos: con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas (Cf. Mc 12,29-30), “amar a Dios sobre todas las cosas y a las criaturas por Él y a causa de Él” (CATIC 2093). Un amor que sea capaz de vencer todo obstáculo, toda dificultad, que pueda permanecer fiel, no gastarse, por el contrario crecer, no guardarse, por el contrario contagiar.

San Pablo continúa la pregunta enumerando algunas dificultades que podrían apartarnos del amor del Señor. Sin embargo, él con su vida, muestra que este grito es verdadero: “en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a Aquel que nos amó” (Rm 8,37).

 

Conclusión:

Le pedimos a la Virgen la gracia de esforzarnos por conocer de tal modo a Jesús que cambie nuestra vida para siempre.


Homilía Domingo XVII Tiempo Ordinario Ciclo A


Mi Tesoro escondido


Introducción:
Toda la realidad de nuestra fe, posee una doble característica: por un lado es grandiosa, maravillosa, cautivante… por otro, es silenciosa, escondida, difícil de encontrar. Por esto, muchos pasan de largo sin darle demasiada importancia, mientras que otros son capaces de darlo todo por ella.

  1. El Gran Tesoro:
Lo que Dios nos enseña es un tesoro inestimable. El salmista, al darse cuenta lo compara con grandes riquezas: “Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata” (Salmo 118/119,72). Sin embargo sigue siendo “un tesoro escondido”, por lo cual no todos podrán exclamar lo mismo. También podemos decir esto de todo lo que Dios nos da, nos aconseja, nos manda, nos promete…
Sobre todo, el gran Tesoro es Jesucristo, nuestro Señor. Él es el “Reino de los Cielos”. De hecho, somos cristianos, principalmente porque nos hemos encontrado con Él (Cf. BENEDICTO XVI, DCE n° 1).

  1. La centralidad de Cristo:
El pasaje de Marta y María, una sirviendo, la otra escuchando… pero en el centro, Jesús, debe ser una realidad continua. El centro de toda la historia de la humanidad y de nuestra historia personal, es Jesús  Nuestro Señor.
Él está en el centro de toda la vida de la Iglesia: en la liturgia Él es el Sacerdote principal, la Víctima ofrecida y, como Dios, junto con el Padre y el Espíritu Santo, es a quien adoramos. Es necesario no olvidar nunca que la misa es para Dios, es nuestra mejor ofrenda a Él. La vida moral consiste en practicar el bien y evitar el mal a imitación de Cristo. La oración es un diálogo con Dios, un diálogo de hijos en el Hijo. Dentro de los misterios de nuestra fe, nadie conoce al Padre sino por el Hijo (Cf. Mt 11,27).
“En el centro de la catequesis encontramos esencialmente una Persona, la de Jesús de Nazaret, Unigénito del Padre, que ha sufrido y ha muerto por nosotros y que ahora, resucitado, vive para siempre con nosotros… Catequizar es… descubrir en la Persona de Cristo el designio eterno de Dios… Se trata de procurar comprender el significado de los gestos y de las palabras de Cristo, los signos realizados por El mismo” (CT 5). El fin de la catequesis: “conducir a la comunión con Jesucristo: sólo Él puede conducirnos al amor del Padre en el Espíritu y hacernos partícipes de la vida de la Santísima Trinidad”. (ibíd.). “En la catequesis lo que se enseña es a Cristo, el Verbo encarnado e Hijo de Dios y todo lo demás en referencia a Él; el único que enseña es Cristo, y cualquier otro lo hace en la medida en que es portavoz suyo, permitiendo que Cristo enseñe por su boca” (CATIC 426-427).
De este conocimiento amoroso de Cristo es de donde brota el deseo de anunciarlo, de “evangelizar”, y de llevar a otros al “sí” de la fe en Jesucristo. Y al mismo tiempo se hace sentir la necesidad de conocer siempre mejor esta fe” (CATIC 429). Por esto, también el Señor es el centro de la misión.

  1. Vender todo para tener el Todo:
Esta centralidad, esta importancia y riqueza que tiene para nuestras vidas suscita una respuesta. Si nos damos cuenta de que es el gran tesoro, valdrá la pena vender lo necesario para conseguirlo. ¿Qué tenemos que vender nosotros? ¿Cuáles son las realidades en nuestra vida que nos ponen a distancia, que no nos permiten comprar ese campo donde está Jesús? ¿La ambición, la envidia, el rencor, el poder, la vanagloria, los placeres desordenados, la mentira, la pereza, la inconstancia?
Es necesario que el Señor nos mueva profundamente para que por Él, que todo lo entregó por nosotros, podamos vender lo necesario.

Conclusión:
Le pedimos, humildemente, a nuestra Madre nos conceda las gracias necesarias para quedarnos ahora y siempre con ese Tesoro que vale más que el campo que podemos comprar y que es capaz de hacer feliz nuestra vida.

Homilía del Domingo XVI del Tiempo Ordinario Ciclo A


Ser buena semilla


Introducción:
Las parábolas nos enseñan la realidad a la luz de la fe: cómo es el mundo en que vivimos y cuál es nuestra misión en él… En el Campo del mundo hay semilla buena y semilla mala, pero nosotros somos sembrados por Dios para dar buen fruto.

  1. Dos sembradores:
En el mundo, como nos enseña la primera parábola de Jesús, hay buenos y malos, pero también hay dos sembradores: Nuestro Señor siembra la buena semilla; el diablo la mala. De hecho ya desde el comienzo, Satanás no ha dejado de tentar al hombre para que se aparte de Dios (Cf. CATIC 391).
Cada uno de estos dos sembradores tiene su semilla, su forma de sembrar, sus tácticas. “La Escritura atestigua la influencia nefasta de aquel a quien Jesús llama “homicida desde el principio” (Jn 8,44) y que incluso intentó apartarlo de la misión recibida del Padre” (CATIC 394). “Sin embargo, el poder de Satán no es infinito. No es más que una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre criatura: no puede impedir la edificación del Reino de Dios. […]. El que Dios permita la actividad diabólica es un gran misterio, pero “nosotros sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rm 8,28)” (CATIC 395).
Nuestro Señor, por el contrario, sembró y sigue sembrando algo distinto. Él, actualmente, siembra especialmente por medio de su Palabra, de los Sacramentos y de su Iglesia, sobre todo, por medio de los Santos.

  1. Sembrados para el bien:
Nuestro Señor habla de que la siembra, en medio del mundo, son los hombres… Ciudadanos del Reino de Dios por un lado, partidarios del demonio por otro. Nosotros, ¿qué semilla somos?
Nuestro Salvador también nos enseñó que por los frutos se conoce el árbol… Por eso, para saber qué semilla somos, nos preguntamos qué frutos damos.
Más aún, la Divina Palabra nos enseña que, aunque seamos débiles, pequeños y pocos, el fruto se relaciona con el poder de Dios. Nuestra pequeñez se hace grande por el poder de Dios y puede hacer mucho bien a los demás (como el grano de mostaza).

  1. Nuestra misión:
Para ser verdaderamente la buena semilla, debemos tener en cuenta dos cosas: por un lado, combatir al mal sembrador; por otro, dar fruto.
Para evitar que el demonio nos haga de su siembra necesitamos:
  • Vigilancia: el Evangelio dice que la mala siembra se hizo “mientras la gente dormía”. No podemos quedarnos dormidos en lo que se refiere a Dios, pensando en otras cosas menos importantes, ocupados totalmente por las cosas de la tierra…
  • Confianza en Dios: su misericordia es más poderosa que nuestra miseria y que el poder del demonio. Como dice la primera lectura (Sab 12,13.16-19): “tu soberanía universal te hace perdonar a todos”; “juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia”; “diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento”. Su poder misericordioso hace que lo pequeño crezca admirablemente como el grano de mostaza y que poca cantidad transforme algo mayor como la levadura.
  • Oración: con el salmista reconocemos que “Tú, Señor, eres bueno y clemente” (Salmo 85). Por eso recurrimos a Él, sabiendo que es necesario orar para no caer en la tentación (Cf. Mt 26,41).
Para dar fruto hemos de practicar las virtudes, dando testimonio de vida cristiana. Así, podremos contagiar de Evangelio el mundo que nos rodea. Seremos como esa levadura que hace crecer, esas ramas que cobijan.

Conclusión:
Le pedimos a la Inmaculada Virgen María nos conceda ser buena semilla, no sólo para nuestra salvación sino para la de muchos otros más.

Homilía Domingo XV Tiempo Ordinario Ciclo A


Siembra divina


Introducción:
Con un lenguaje campestre, Nuestro Señor nos introduce, en más de una ocasión, en el profundo misterio de su Palabra. En las lecturas de este domingo, el agua del cielo y la semilla nos hablan de la fecundidad de la obra de Dios.

  1. La fecundidad de Dios:
Según el libro del Profeta Isaías, la Palabra de Dios tiene el poder de fecundar nuestras vidas, ya que “realiza todo lo que Yo quiero y cumple la misión que Yo le encomendé” (Is 55,10-11). Es como el agua, tan necesaria para la vida del campo.
En el Evangelio esta misma Palabra es comparada con la semilla que tiene vida latente. Sólo depende, para dar fruto, del terreno que la reciba. El salmo canta la generosidad del Dios Creador (Cf. Sal 64/65,10-14). Así también Dios realiza generosamente en nuestro corazón la obra de su amor.

  1. Una siembra interior:
Con estas semejanzas, queremos meditar en la fecundidad que Dios quiere poner en nuestra vida cuando siembra sus dones en nuestro corazón: “Cuando San Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Jesús le declara que esta revelación no le ha venido “de la carne y de la sangre, sino de mi Padre que está en los cielos” (Mt 16,17; cf. Ga 1,15; Mt 11,25). La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. “Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede `a todos gusto en aceptar y creer la verdad’” (DV 5).” (CATIC 153).
Lo que le ocurrió al primer Papa, también nos sucede a nosotros. Es Dios el que transformar nuestras almas, mediante sus dones celestiales. Él no sólo siembra la fe, sino también el deseo de vivir según ella, la fortaleza para vencer las dificultades, la humildad para recurrir en busca de ayuda, la perseverancia hasta el final…

  1. El buen terreno:
Sin embargo, toda esta poderosa acción divina requiere una respuesta libre. La semilla siempre es fecunda, pero necesita del terreno adecuado para germinar. El Catecismo, después de enseñar que la fe es un don gratuito de Dios, afirma también que “es un acto humano, es decir un acto de la inteligencia del hombre, el cual, bajo el impulso de la voluntad movida por Dios, asiente libremente a la verdad divina” (CATIC Compendio 28).
El fruto depende de nosotros, de nuestra generosidad en responder. Así como la tierra requiere un trabajo esmerado para que la semilla dé lo mejor de sí, también nuestro corazón, que recibe la fe del cielo, necesita un trabajo continuo: la lectura, continua y orante, de la Palabra de Dios; la oración generosa; los sacramentos frecuente y convenientemente recibidos; la práctica de las virtudes, especialmente la caridad y la lucha contra el pecado…

Conclusión:
Nos encomendamos a la Reina del Cielo, para que nuestro corazón no reciba en vano tantos regalos de lo Alto, sino que, con humildad y constancia, podamos dar fruto “a su debido tiempo” (Sal 1,3).